José Luis SolísFicciones para vencer el insomnio cotidianoLas minificciones del 84 al 85 aproximan estructuras dialogadas.
91. Taxidermista
91. Taxidermista
De pronto, al estar disecando un extraordinario ejemplar de venado cayó en una profundísima depresión. Esa noche soñó que recorría un inmenso museo de historia natural, y junto al diablo, caminaba frente a interminables cantidades de animales disecados, en una sala especial del museo le entregaban una medalla como el mejor taxidermista del mundo conocido.
Varios años después, en un hospital siquiátrico, un joven médico le diagnosticó un nuevo trastorno mental: El síndrome de la culpa ecológica. El tratamiento fue psicoterapéutico y considerado de poco riesgo. Tras siete veranos recluido y después de un eclipse de sol todo cambió.
Una mañana aparecieron en el hospital cuatro cuerpos humanos bellamente disecados, cada uno semejaba posiciones de animales cazados; un adolescente esquizofrénico era la viva figura de un venado cola blanca, un viejo guardia evocaba la imagen de un coyote aullándole al televisor, la enfermera Juanita era un borrego berberisco que golpeaba el gabinete de medicinas, Juan -un maniaco depresivo- rugía cual si fuera un oso despertando de su época invernal.
A partir de ese hecho el taxidermista fue recluido en el pabellón de máxima seguridad, sus sueños tortuosos habían acabado; cada noche tararea partes selectas de “La Consagración de la Primavera” de Stravinski y posteriormente duerme con una plácida sonrisa.




¿Recuerdas?, a dónde,
¿Recuerdas?, a dónde, ahora, te levantas y el reflejo de la ventana, cuarto piso, alfombrado, televisión a color, cable, canal porno incluido y gemidos espectaculares con sólo apretar el botón del maravilloso control remoto, y en qué momento dijiste: la vida es así, también tiene su control, pero el mío tiene las pilas gastadas, ¿gastadas?, sonreía frente a ti y el sol entró por la ventana mientras jalaba la cortina sucia, opaca, de tela casi rasposa, ¿gastadas?, y cómo es cuando uno tiene las pilas gastadas, y entonces ella dijo que es así, cuando la vida pierde su sabor, cuando el sólo hecho de cambiar de canal cuesta trabajo, cuando en la frente de uno se enciende un foquito que parpadea y parpadea y dice pilas agotadas, pilas agotadas, y entonces uno busca en los puestos de afuera del metro, en las tiendas, un miserable paquete de cuatro pilas, dos para ella, dos para mí, seguramente nuestros controles utilizan dos pilas y ella guardó silencio: no me entiendes, y la misma habitación de siempre, y afuera pasos, gente que entra y sale, abre la puerta de cristal, cruza la avenida, hace la parada al camión, o al microbús, o bien suben a un taxi tímidos llenos de rubor y con una sonrisa que se parece a la sonrisa de un niño, y luego dijo: sí me entiendes, y yo sabía que la entendía cuando estábamos los dos en la cama, cuando nuestros cuerpos hacían uno solo y éste se bañaba de sudor, cuando las cobijas quedaban bajo nuestras pieles y nuestras pieles parecían estatuas erigidas sobre un mar de algodón (en caso de que hayan sido de algodón); te levantas y miras al mundo desde la orilla de la cama, y tus piernas parecen volar sobre el brillo de la alfombra gastada, y echas tu cabeza hacia atrás y es tu cabellera lo único digno de admirar dentro de la habitación, claro, después de los gemidos fantásticos y la televisión encendida, después de los comerciales y la gente allá afuera, tras de la ventana, como si al otro lado del cristal comenzara el mundo; tu cabellera se mueve encendida por la poca luz y abres los ojos lentamente, mientras acaricias tus piernas como si te dolieran, como si fuese necesario sobarlas para arrebatarles el dolor del mundo, y, ya lo sabes, si esas piernas están juntas son alas de palomas heridas, y si esas piernas están abiertas son casi como cuervos al vuelo, esos mismos cuervos que te arrancan la mirada porque abres los ojos, lentamente, miras hacia la ventana y es como si un silencio infinito nos dejase marcados a los dos, como si quedáramos tatuados de silencio y después pudiésemos presumir con extraños, claro, en silencio, y miras hacia la ventana y tus labios tiemblan por un momento y son como miles de edificios aguijoneados por un temblor, a punto del derrumbe, dices nuevamente, con esa voz casi de ultratumba: el mío tiene las pilas gastadas, y entonces querías llorar y te contuviste porque sabías que dentro de media hora, 30 minutos, varios comerciales y gemidos espectaculares, cinco parejas en taxis ruborizados, en 30 minutos, nuestra hora, nuestro tiempo, nos despediríamos al salir y cruzar el cristal de la puerta y hasta luego, nos hablamos por teléfono (o el teléfono nos va a llamar a nosotros con sus alaridos), y entonces quedaríamos traspasados por el cuchillo de esa soledad, misma soledad de todos, el mío tiene las pilas gastadas, y vamos por unas, yo te las invito, ¿quieres?, de dónde se cambian, ¿cómo se abre un corazón para cambiarle las pilas?, y después la puerta se cerró, claro, después de 30 minutos y ningún paquete de pilas, y las medias protegiendo del tiempo a esas piernas que parecen hablar y pensar por sí solas, y el cierre del vestido con su autopista de cinco carriles sobre esa espalda carretera y los mismos labios ahora cuarteados a punto de derrumbarse, y la puerta, esa puerta, ese cuarto, cerrada ahora a nuestras espaldas, y mientras sigo la sombra de mis pasos creo, pienso, que mis pilas también están agotadas.
pd: muchas gracias a todos por participar... seguimos en lo mismo...
Gracias por participar
Gracias por participar Fulano de Tal, ojala que no se te acaben las pilas y sigas visitándonos.
Mal hace usted, señor
Mal hace usted, señor Solis, con darle entrada a personas que abusan del espacio y nos recetan textos por demás lamentables y aburridos como el de las pilitas esas. Usted, señor Solis, tendría una obligación imperiosa en defender su espacio de ladrones como éste que se quieren escudar, además, en un seudónimo chafa. No, señor Solis, no se vale: me ahorro la crítica al texto porque es malo y porque además no creo que lo merezca... en un espacio reservado a usted. No se vale, señor Solis.
¿Recuerdas?, a dónde,
¿Recuerdas?, a dónde, ahora, te levantas y el reflejo de la ventana, cuarto piso, alfombrado, televisión a color, cable, canal porno incluido y gemidos espectaculares con sólo apretar el botón del maravilloso control remoto, y en qué momento dijiste: la vida es así, también tiene su control, pero el mío tiene las pilas gastadas, ¿gastadas?, sonreía frente a ti y el sol entró por la ventana mientras jalaba la cortina sucia, opaca, de tela casi rasposa, ¿gastadas?, y cómo es cuando uno tiene las pilas gastadas, y entonces ella dijo que es así, cuando la vida pierde su sabor, cuando el sólo hecho de cambiar de canal cuesta trabajo, cuando en la frente de uno se enciende un foquito que parpadea y parpadea y dice pilas agotadas, pilas agotadas, y entonces uno busca en los puestos de afuera del metro, en las tiendas, un miserable paquete de cuatro pilas, dos para ella, dos para mí, seguramente nuestros controles utilizan dos pilas y ella guardó silencio: no me entiendes, y la misma habitación de siempre, y afuera pasos, gente que entra y sale, abre la puerta de cristal, cruza la avenida, hace la parada al camión, o al microbús, o bien suben a un taxi tímidos llenos de rubor y con una sonrisa que se parece a la sonrisa de un niño, y luego dijo: sí me entiendes, y yo sabía que la entendía cuando estábamos los dos en la cama, cuando nuestros cuerpos hacían uno solo y éste se bañaba de sudor, cuando las cobijas quedaban bajo nuestras pieles y nuestras pieles parecían estatuas erigidas sobre un mar de algodón (en caso de que hayan sido de algodón); te levantas y miras al mundo desde la orilla de la cama, y tus piernas parecen volar sobre el brillo de la alfombra gastada, y echas tu cabeza hacia atrás y es tu cabellera lo único digno de admirar dentro de la habitación, claro, después de los gemidos fantásticos y la televisión encendida, después de los comerciales y la gente allá afuera, tras de la ventana, como si al otro lado del cristal comenzara el mundo; tu cabellera se mueve encendida por la poca luz y abres los ojos lentamente, mientras acaricias tus piernas como si te dolieran, como si fuese necesario sobarlas para arrebatarles el dolor del mundo, y, ya lo sabes, si esas piernas están juntas son alas de palomas heridas, y si esas piernas están abiertas son casi como cuervos al vuelo, esos mismos cuervos que te arrancan la mirada porque abres los ojos, lentamente, miras hacia la ventana y es como si un silencio infinito nos dejase marcados a los dos, como si quedáramos tatuados de silencio y después pudiésemos presumir con extraños, claro, en silencio, y miras hacia la ventana y tus labios tiemblan por un momento y son como miles de edificios aguijoneados por un temblor, a punto del derrumbe, dices nuevamente, con esa voz casi de ultratumba: el mío tiene las pilas gastadas, y entonces querías llorar y te contuviste porque sabías que dentro de media hora, 30 minutos, varios comerciales y gemidos espectaculares, cinco parejas en taxis ruborizados, en 30 minutos, nuestra hora, nuestro tiempo, nos despediríamos al salir y cruzar el cristal de la puerta y hasta luego, nos hablamos por teléfono (o el teléfono nos va a llamar a nosotros con sus alaridos), y entonces quedaríamos traspasados por el cuchillo de esa soledad, misma soledad de todos, el mío tiene las pilas gastadas, y vamos por unas, yo te las invito, ¿quieres?, de dónde se cambian, ¿cómo se abre un corazón para cambiarle las pilas?, y después la puerta se cerró, claro, después de 30 minutos y ningún paquete de pilas, y las medias protegiendo del tiempo a esas piernas que parecen hablar y pensar por sí solas, y el cierre del vestido con su autopista de cinco carriles sobre esa espalda carretera y los mismos labios ahora cuarteados a punto de derrumbarse, y la puerta, esa puerta, ese cuarto, cerrada ahora a nuestras espaldas, y mientras sigo la sombra de mis pasos creo, pienso, que mis pilas también están agotadas.
pd: muchas gracias a todos por participar... seguimos en lo mismo...
Estimado Demiricus, Tiene
Estimado Demiricus,
Tiene todo derecho a ejerecer su crítica, sin embargo me da un poco de pena que siempre busque demeritar algo. Siemrpe tiene que buscar un "pero" y tiene todo su derecho, en este caso creo que la historia a mi me funciona y la disfuté, nada de lo que usted señala lo impidió.
Un saludo respetuoso y adelante
Y celebro, en verdad, que le
Y celebro, en verdad, que le haya gustado la historia del maestro José Luis; no veo el por qué mi crítica, buena o mala, debería impedírselo, y mal haría usted en seguir los consejos de la crítica. Recuerde una cosa: la mejor crítica es la que puede hacer usted como lector, y el mejor método algo tan sencillo como decir: me gusto, o no me gustó. También creo necesario señalar que en cuanto al texto señalé algunas inconsistencias que, sumadas, me daban como resultado un texto medianamente bueno. Es mi punto; usted tiene otro, qué bueno. ¡Imagine usted el mundo si los dos pensáramos igual! Quedo a sus apreciables órdenes para lo que así considere necesario.
Gracias Demiricuos, es un
Gracias Demiricuos, es un placer tener un diálogo abierto con usted. Aprovecho para reconocer la oportunidad que ciertos textos de Solís - no todos- nos dan para intercambiar ideas.
Y en el sentido de las ideas, y no de la redacción, lo que me llamó la atención fue la fragilidad de la cordura y el terror sarcástico, a sui vez me hizo pensar en la crueldad humana hacia los semejantes y hacia los animales.
SALUDOS Y AQUÍ SEGUIMOS, CON POCOS O MUCHO COMENTARIOS
Y celebro, en verdad, que le
Y celebro, en verdad, que le haya gustado la historia del maestro José Luis; no veo el por qué mi crítica, buena o mala, debería impedírselo, y mal haría usted en seguir los consejos de la crítica. Recuerde una cosa: la mejor crítica es la que puede hacer usted como lector, y el mejor método algo tan sencillo como decir: me gusto, o no me gustó. También creo necesario señalar que en cuanto al texto señalé algunas inconsistencias que, sumadas, me daban como resultado un texto medianamente bueno. Es mi punto; usted tiene otro, qué bueno. ¡Imagine usted el mundo si los dos pensáramos igual! Quedo a sus apreciables órdenes para lo que así considere necesario.
Y celebro, en verdad, que le
Y celebro, en verdad, que le haya gustado la historia del maestro José Luis; no veo el por qué mi crítica, buena o mala, debería impedírselo, y mal haría usted en seguir los consejos de la crítica. Recuerde una cosa: la mejor crítica es la que puede hacer usted como lector, y el mejor método algo tan sencillo como decir: me gusto, o no me gustó. También creo necesario señalar que en cuanto al texto señalé algunas inconsistencias que, sumadas, me daban como resultado un texto medianamente bueno. Es mi punto; usted tiene otro, qué bueno. ¡Imagine usted el mundo si los dos pensáramos igual! Quedo a sus apreciables órdenes para lo que así considere necesario.
Y celebro, en verdad, que le
Y celebro, en verdad, que le haya gustado la historia del maestro José Luis; no veo el por qué mi crítica, buena o mala, debería impedírselo, y mal haría usted en seguir los consejos de la crítica. Recuerde una cosa: la mejor crítica es la que puede hacer usted como lector, y el mejor método algo tan sencillo como decir: me gusto, o no me gustó. También creo necesario señalar que en cuanto al texto señalé algunas inconsistencias que, sumadas, me daban como resultado un texto medianamente bueno. Es mi punto; usted tiene otro, qué bueno. ¡Imagine usted el mundo si los dos pensáramos igual! Quedo a sus apreciables órdenes para lo que así considere necesario.
1 PARTE ¿Qué hay de nuevo,
1 PARTE
¿Qué hay de nuevo, señor Solis? Ocupado como andaba con duro y dale en el taller de Milenio descuidé la lectura de el texto que hoy nos presenta. Vamos por partes (dixit Jack el destripador). Me sucede con sus textos que son de un hermetismo intelectual sólo para mentes privilegiadas como la de usted. Maneja muchos valores. Mucha carga simbólica. Y crea conceptos que en lugar de ayudar, por momentos entorpecen la idea principal de la narración. Usted es de esos autores que escriben para sí mismos y que cada día, conforme avanzan en sus andares por la prosa, se vuelven incomprensibles e ilegibles. Lo anterior, lo ignoro, no sé si es un halago o un insulto. Dejo la última palabra a usted. Regresemos al texto. Primer párrafo. ¿Cómo es una profundísima depresión cuando ya el sólo hecho de estar deprimido es un estado de ánimo adverso?; su personaje principal cambia repentinamente de estado de ánimo nada más porque sí, porque a usted se le antojo que tenía que estar deprimido. No lo creo. Aparece el diablo, ¿y?, ¿qué tiene que ver con el texto? (de hecho pone a este personaje en una frase incidental, lo cual me parece desatinado). ¿Frente a interminable cantidades?, no, señor Solis, cuando se habla de cantidades se refiere a algo específicamente delimitado. No hay cantidades infinitas. El concepto de cantidad implica un final. En el segundo párrafo usted brinca cronológicamente, ¿por qué lo hace?, ¿qué sucedió mientras con su personaje principal?, no son dos días, dos semanas, dos meses... ¡son varios años después, señor Solis!, y si bien el recurso funciona a nivel del lenguaje cinematográfico, en el lenguaje narrativo puede perjudicar a su personaje principal o a su anécdota. Usted es un autor de generación espontánea porque hasta los trastornos mentales los hace surgir de la nada, tan solo como herramienta que usted obliga a funcionar dentro de su narración. Lo del síndrome carece de verosimilitud (aunque usted diga que yo no entendí bien el mensaje, eh) y más bien parece una broma. Después de un eclipse confirma lo hermético del texto (hasta ahora lleva pocos comentarios, ¿no cree usted, señor Solis?). Bien. El tiempo apremia. Espero seguir con los dos párrafos restantes y con los comentarios finales en otra entrega. Sin más por el momento quedo a sus apreciables órdenes para lo que así considere necesario.