Crónica:

Diseccionan al Grijalva

Para evitar más inundaciones en Tabasco, las autoridades sacrificaron la comunidad de Aztlán, la cual contenía las aguas del río.

Los tabasqueños les llaman “manos de chango”, es decir, retroexcavadoras. Desde hace 100 horas varias trabajan sin descanso en las márgenes del río Grijalva, donde extraen miles de toneladas de lodo para cargarlas a una interminable sucesión de camiones de volteo.

Repartidas en turnos matutino, vespertino y nocturno, las cuadrillas de las “manos de chango” no han parado ni un momento. Mecánicamente, apresuradas por el tiempo, se han dedicado a destrozar día y noche un viejo bordo ante la posibilidad de que vuelva a empeorar el clima y las riadas regresen.

Y es que antes de que llegue la verdadera temporada de lluvias quieren dejar la tarea lista. Porque para salvar a una ciudad, planean inundar un pueblo.

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“Siempre he vivido aquí, desde que llegó mi abuelito. No tengo a dónde ir y ahora el gobierno decidió inundar mi tierra”, lamentó José Alfredo de la Torre, tendero de profesión.

Junto con 17 personas, está atrapado desde hace 10 días en una pequeña isla condenada a desaparecer bajo las aguas del río Grijalva. Su casa de concreto y varilla expuesta se ha transformado en un archipiélago. Por los muros frontal y trasero, casi sobre lo que queda de su jardín, cruzan dos corrientes.

Junto con decenas de tabasqueños, De la Torre forma parte de una nueva especie de damnificado: el que fue sacrificado, se supone, en aras de la mayoría. Dentro de algunas semanas una considerable extensión de su comunidad, Aztlán, será solo un recuerdo unido al lecho del río.

Para evitar una repetición de las inundaciones del año pasado en Villahermosa, el gobierno de Andrés Granier y la Comisión Nacional del Agua determinaron que parte de esta ranchería —hogar para 2 mil personas— tenía que ser sacrificada y dejada a la merced de las aguas tabasqueñas.

Los trabajos para concretar la inundación están virtualmente concluidos. Desde ayer a la medianoche entran miles de litros por segundo a las tierras de cultivo aztlanenses. Entran por un canal abierto intencionalmente en el bordo que durante décadas contuvo al Grijalva, la única barrera que protegía a la región.

Pese a la resistencia de algunos de sus pobladores —la semana pasada trataron de detener la destrucción del bordo que protegía a su comunidad con una barrera de vacas—, Aztlán ya es un paso natural del Grijalva: casas, cultivos, caminos y construcciones de diversa índole han comenzado a inundarse.

“La verdad es que lo que quieren hacer es proteger a la ciudad y que a las comunidades rurales se las lleve el agua”, reclamó José Manuel, otro poblador cuya casa se ha visto afectada por el cambio del río pero que optó por no dar su apellido.

La lógica empleada para condenar a esta comunidad se reduce a su ubicación. Conurbada a la capital de Tabasco, Aztlán tuvo la mala suerte de encontrarse en el supuesto lugar erróneo.

Fundada hace más de siete décadas entre el río y una laguna reguladora, ahora está en la ruta directa a la que se quiere desviar parte del caudal del Grijalva, con la esperanza de que las aguas ya no terminarán en las calles de la capital tabasqueña.

“Está bien que quieran salvar a Villahermosa, pero lo que nos están haciendo no es justo”, deploró De la Torre. “Hasta el cementerio se quedó ya bajo el agua”.

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Ha pasado casi un año desde la inundación que casi devastó Villahermosa y sus alrededores. De nuevo en crisis, las autoridades de la capital tabasqueña optaron desde la semana pasada por una salida extrema, la de reducir el caudal que cruza por la ciudad desviándole en otros puntos, como en sus comunidades rurales.

Hasta el momento, la comunidad de Aztlán –que en realidad son 5 pueblos— ha sido la más afectada. Algunos de sus pobladores aceptaron la orden de evacuar y se encuentran ya en albergues de la ciudad, en espera de que se resuelva la tragedia de tener una casa en el lugar equivocado.

Pero otros tantos se rehusaron a dejar sus casas. Para mantenerles apertrechados, el Ejército mexicano y la Marina-Armada recorren el río de forma constante con alimentos y medicinas. Sin embargo, no es suficiente.

“¡Agua!”, se puede escuchar que gritan personas varadas en varias de las casas.

Entre quienes permanecen varados, algunos defienden la construcción del canal.

“La verdad no subió tanto el agua, aunque he oído que nos vamos a inundar. Pero ya veremos después”, sostuvo Victoria Gómez, de 78 años. Vive sola.

Parte de su casa se encuentra bajo el agua, en particular la letrina, que ya desborda hacia el río. La decisión de inundar su comunidad le tomó por sorpresa, pero rechazó que haya sido con deseo de afectar a los pocos en aras de los muchos.

“No creo que el gobierno nos quiera hacer daño a nosotros, está haciendo lo que puede”, justificó. “Me pongo a pensar que el canal salvará a otras familias en Villahermosa”.

Mientras tanto, el agua sigue subiendo.

Víctor Hugo Michel y Kristian Cerino