Sorpresas te da el genoma

El genoma, esa curiosa colección de material microscópico que escribe en cuatro letras el libro de la vida, es uno de los ejemplos más elocuentes de que la vida es a la vez simple y compleja. Cuando creemos que ya le agarramos la onda, nos salen con alguna novedad que nos devuelve al primer cuadro, como si jugáramos a serpientes y escaleras.

El rol principal de esta secuencia de letras moleculares es alojar a nuestro repositorio de genes. Cada gen es una secuencia específica que contiene instrucciones para algo: lo más común es que se trate de alguna proteína, y si los comerciales de antaño nos decían que el pescado es pura proteína, se quedaban cortos, porque en realidad prácticamente estamos hechos de proteínas desde la punta de los pelos hasta el meollo de los huesos.

Pero divago. Cuando se descifró la esencia del código genético, y se averiguó el tamaño de nuestro genoma, muchos científicos quedaron pasmados al imaginar la posibilidad de que tuvieramos algo así como 140 mil genes. Les pareció increíble.

Con el tiempo las estimaciones se fueron haciendo más bajas y más bajas hasta llegar a la estimación actual de 20 mil genes.

Esto es todavía más increíble que imaginar cientos de miles de genes: significa que con sólo 20 mil trozos de código, ¡apenas un dos por ciento del genoma!, la vida ha logrado regular de manera ordenada los incontables procesos que nos mantienen despiertos, conscientes, maravillados, vivos.

¿Qué hay del resto del genoma? ¿Es, como se pensó alguna vez, código chatarra? Para nada. Todo ese material sirve como repositorio para la redundancia, para secuencias de control, para cosas que apenas ahora empezamos a imaginar.

Gill Bejarano, de Stanford, encontró que en este 98 por ciento restante del genoma hay lo que llamó “elementos ultraconservados”, es decir, secuencias de código que los hombres compartimos con los ratones y las gallinas pese a que nos separan millones de años de evolución.

Estos elementos, dijo Bejarano, a pesar de no codificar proteínas, seguramente tienen algún papel importante, como lo demuestra su resistencia a ser borrados. Según Bejarano, estos elementos tienen 300 veces menos probabilidad de desaparecer del genoma que otros segmentos. ¡Qué maravilla, y al mismo tiempo, qué misterio tan fabuloso!

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