Crónicas urbanas

Los «dueños » de la zona conurbada

En la periferia del DF operan bandas que chantajean a propietarios de comercios; otros, o los mismos delincuentes, se dedican a secuestrar.

En el anillo que rodea a la Ciudad de México, formado por municipios mexiquenses, y más allá de éstos, se mueve la venta de protección, que camina a la par de los secuestros. Es aquí donde los delincuentes, en escampado, trasiegan sin recato y mantienen a dueños de comercios en continuo estado de alerta y miedo. Es aquí donde también operan las llamadas casas de seguridad.

Los delincuentes utilizan todo tipo de transporte, que circulan a diario, a cualquier hora, en cabeceras municipales y territorios colindantes. En sus estrategias contratan cobradores. Policías estatales han obtenido datos precisos. Sin embargo, calculan, decenas de los suyos se pasan al terreno contrario o actúan en el mismo corazón de los cuarteles. Esto ha sido comprobado.

Municipios como Cuautitlán, Ecatepec, Ciudad Nezahualcóyotl, Naucalpan, Valle de Bravo y Tultepec, entre otros, son algunos donde los delincuentes han logrado tejer sus puntos de complicidades. Están bien organizados.

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Una tarde noche, no hace mucho, fue secuestrado un comerciante de Tultepec. Varios días estuvo cautivo. La familia reunió la cantidad pactada. Durante su traslado, en una camioneta, la víctima escudriñó a través de una rendija la barda donde había un letrero que anunciaba una marca de pintura.

—Todo coincidía —dice una voz.

—¿Y qué coincidía?

—Los caminos de terracería, las calles, los anuncios. Todo.

—¿Y…?

—Era atrás de la comandancia.

—¿Atrás de la comandancia?

—Atrás de la comandancia del municipio.

—¿Y qué pasó después?

—Después de liberarlo y pagar el rescate de 70 mil pesos, los mismos secuestradores le ofrecieron “trabajo”.

—¿Qué tipo de “trabajo?”

—Para empezar, le dijeron, “te vamos a pagar 12 mil pesos mensuales”. De ahí iba a subir de grado. Dependía.

—¿Y cuál era o es el “trabajo”?

—Cobrar cuotas en comercios que los delincuentes ya tienen identificados. Lo único que tenía que hacer era pasar cada mes por una cierta cantidad de dinero acordada.

—¿Y qué respondió?

—Que no le interesaba el trabajo.

—Y ahí terminó la cosa.

—No. Le dijeron que él tenía que dar su cuota mensual y lo amenazaron. Le dijeron: “Y cuidadito si vas de chiva con la policía”. Por eso muchos de los que liberan no quieren saber nada. Lo que hacen algunos es cerrar sus comercios o entrarle con las cuotas.

—¿Y cómo operan?

—Van con el dueño de una tlapalería, por ejemplo, y le piden cierta cantidad al mes. Le dicen: “Tú me das 5 mil pesos y nosotros nos encargamos de que a ti y a tu familia no les pase nada”. La mayoría le atora y se queda callada.

—No hay salida.

—No. O le atoras o siempre vas a vivir en la zozobra.

—¿Y si vas con la policía?

—Aquí es cuando la gente se pregunta: ¿Y si las autoridades no hacen bien las cosas o están coludidas? O te arriesgas a que piensen: “Éste está chivateando”. Y lo que muchos hacen es cerrar sus locales.

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Aquí, en la zona que rodea el DF, las bandas marcan y vigilan sus territorios. Pero a veces la cuestión se agudiza, pues surgen imitadores, como raterillos que tratan de meterse en zonas controladas por la delincuencia organizada. Entonces los comerciantes, atrapados entre dos fuegos, se quejan.

— ¿Qué pasa en estos casos?

—Sus protectores originales les dicen: “No te preocupes, porque nunca más van a volver a venir”.

Y se desatan las guerras.

Las bandas más estructuradas frenan la incursión de nuevos arribistas. Entonces las víctimas, que se sentían en un ambiente de orfandad, ahora no tienen más salida que aceptar la protección.

—En otras palabras —deduce el interlocutor sobre el mensaje de los criminales—, aquí no te va a chingar nadie más que yo”. El caso de la policía también es delicado.

— ¿Por qué?

—Porque ganan muy poco y temen por sus vidas; mientras, del otro lado les ofrecen más dinero. Hay policías que dicen: “No los podemos parar —a los delincuentes— y no habrá quién los detenga si los dejamos crecer”. El problema es que cada día la delincuencia recluta más policías.

En el Estado de México—calcula el interlocutor— unos 300 policías han pasado a formar parte de grupos fuera de la ley. “Es un ejército el que se está armando”, reflexiona el interlocutor, y están bien organizados y conocen bien el terreno que pisan.

Humberto Ríos Navarrete