Sarah Palin no es Dick Cheney
Difícil, imaginar a Palin intimidando a los analistas de la CIA para que preparen nuevos argumentos para invadir Irak.
El 3 de septiembre por la noche había alivio en la voz de John McCain cuando subió al escenario en la Convención republicana, en Saint Paul, Minnesota, en medio de una ovación, al final de la gran audición de Sarah Palin para el segundo puesto más alto del país. “¿No creen que hemos hecho la elección correcta para el puesto del próximo vicepresidente de Estados Unidos?”, formuló McCain una pregunta retórica como sugerencia de la controversia desatada por su compañera de boleta.
Hará falta más que un solo discurso leído convincentemente en un Teleprompter para que los votantes ratifiquen el juicio de McCain al escoger a la inexperta gobernadora de Alaska como la primera mujer en una boleta nacional republicana. Pero los activistas de base del Partido Republicano, en el núcleo de esa formación, ya la habían adoptado como conservadora social dedicada, y como una mártir injustamente ridiculizada por la prensa nacional, aún antes de que Palin pronunciara el miércoles el discurso más esperado de la convención.
El discurso de aceptación de Palin insistió en el resentimiento que se ha enconado dentro de los republicanos contra los medios informativos desde que Karl Rove iba a la preparatoria. “En estos últimos días, aprendí rápidamente que si no es un miembro bien acomodado de la élite de Washington, entonces algunos integrantes de los medios consideran que un candidato no está calificado, sólo por ese motivo”, declaró. “Aquí va un pequeño corte informativo para aquellos reporteros y comentaristas: no voy a Washington a buscar su buena opinión; voy a Washington a servir al pueblo de este gran país.”
Presentándose ante una audiencia nacional, Palin –madre de cinco hijos y muy pronto abuela (de un nieto no planeado)– amorosamente mencionó a su familia. Pero luego, respondiendo al argumento de las credenciales, se comparó repentinamente con el presidente favorito de todo político asediado, Harry Truman. Todavía mientras ella hablaba de cómo “un granjero y tendero joven de Missouri... siguió un camino muy poco probable hacia la vicepresidencia”, la comparación pareció forzada y defensiva. Y, por supuesto, lo que le faltó al cántico de alabanzas de Palin al hombre de la Independencia fue que Truman pasó una década (a la que llamaba “los años más felices” de su vida) en el Senado de EU y llevó a cabo una investigación mayor sobre las contrataciones del gobierno en tiempos de guerra.
Sarah Palin es la nominada vicepresidencial republicana que menos puede ser confundida con Dick Cheney en cualquier circunstancia. Aun como “mamá del hockey” enojada, resulta imposible imaginarla intimidando a los analistas de la CIA para que preparen nuevos argumentos para invadir Irak. Parece igualmente poco plausible que, en una administración McCain-Palin, el puesto de la vicepresidenta sea un centro de poder fuera de la ley dirigiendo su propia política exterior. Palin no es una nominada vicepresidencial tradicional pero, si es electa, es apta para marcar un retorno a la modesta concepción del puesto que ha sido el foco de chistes por casi dos siglos.
Mientras parece que Palin ha sobrevivido a su momento crucial, históricamente el Partido Republicano ha sido afectado por el problema del segundo al mando. Desde el discurso de Richard Nixon en 1952 –que fue un intento desesperado para evitar ser despedido a causa de un escándalo de fondos ilícitos– hasta Spiro Agnew (1968) y Dan Quayle (1988), el vicepresidente de la fórmula republicana rara vez ha estado en la cima. Sin embargo, más allá de todo el drama que rodeó a esas peligrosas selecciones vicepresidenciales, los republicanos ganaron las tres elecciones en las que Nixon, Agnew y Quayle fuero nominados para ese puesto.
Barack Obama desapareció de los ataques republicanos durante los primeros dos días de Saint Paul, debido a la inseguridad sobre el programa de la Convención (por el huracán Gustav) y la inseguridad que rodeaba al debut político de Palin. Pero en la tercera noche, los oradores dejaron muy claro que esta no será una campaña de poner la otra mejilla. Palin hizo un fulminante comentario despectivo sobre un aspecto muy resaltado del currículum de Obama. Refiriéndose a sus raíces en el gobierno local, dijo: “Supongo que el alcalde de una ciudad pequeña es como un organizador comunal, excepto que en el primer caso se tienen responsabilidades reales”.
En virtualmente todas las convenciones republicanas, ha habido una noche en la que los oradores y los abucheos del público reflejan el “estilo paranoico” de la política conservadora. En esta Convención, el 3 de septiembre fue la noche para la locura de Minnesota.
Mitt Romney –cuya vida comenzó como el hijo de un ejecutivo y gobernador de Michigan– puso en ambiente a la gente con una metáfora incoherente sobre el sol saliendo por el este porque Washington ha estado erróneamente “viendo hacia las élites, las páginas editoriales del Times y el Post y las transmisoras del este”. Momentos después, Romney continuó su lamentación de falta de poder cuando dijo: “Seguro que necesitamos el cambio, el cambio de un Washington liberal a un Washington conservador”. Perdido dentro de esta letanía de quejas, se encuentra el hecho de que los republicanos han controlado la Casa Blanca 20 de los últimos 28 años, han nombrado a siete de los nueve jueces de la Suprema Corte, y dirigido el Congreso con mano de hierro por una docena de años hasta 2007. Por cierto, la página editorial del Washington Post inicialmente apoyó la guerra en Irak.
Pero Romney fue un orador tibio comparado con el populista Rudy Giuliani. El ex alcalde de Nueva York se burló de Obama, llamándolo “el candidato a presidente con menos experiencia en al menos 100 años”. Con el mismo criterio, Palin tiene mucha menos experiencia, a no ser que se cuenten sus años ejerciendo como la alcaldesa de Wassila, Alaska. Pero para Giuliani, cualquier comentario despectivo sobre Wassila se acerca a un complot comunista.
John McCain ha tomado la decisión de unirse a Palin como compañera de boleta. Y mientras que la elección de la gobernadora de Alaska podría no ser el golpe maestro de acercamiento de géneros que los republicanos esperaban inicialmente que fuese, tampoco parece ser el desastre impulsivo que habían previsto los demócratas.
Lo que Palin podría haber señalado en su gran noche en el escenario es que, al final de cuentas, los candidatos vicepresidenciales son principalmente consideraciones secundarias para los votantes.
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© Saloon
Traducción: Franco Cubello



