De amor, sexo y libros
Más allá de la historia, que es muy entretenida, lo que más disfruto con la lectura de Hacia el Edén es lo que plantea entre líneas.
Para mi esposo, JD
Justo en esta ajetreada semana en que viví mis últimos días de mujer soltera para dar, el día de hoy, el sí a un hombre maravilloso a quien amo con una “intensidad muy intensa” (como diría uno de los entrañables protagonistas del documental Los ladrones viejos), tuve en mis manos una novela que leí tiempo atrás —en un momento en que me preguntaba muchas cosas sobre el amor, sobre la vida en pareja— y me hizo reflexionar respecto de las posibilidades eróticas del ser humano, a la manera en que tanto los deseos como las numerosas prácticas sensuales se pueden compartir con otra persona si se establece un diálogo tan cachondo como amoroso desde el principio, si hay intereses en común, apetitos e intensidad similares, si se tiene la capacidad de abrir el corazón y la vulva (también aplica el pene, aunque no se divida) a los anhelos compartidos de dos seres que han decidido existir en unidad.
Se trata de Hacia el Edén, libro escrito por Anne Rice (bajo el seudónimo de Anne Rampling) que me obsequió un viejo amor y cuya copia he buscado en librerías de México y Estados Unidos sin éxito. No es un tratado como El erotismo, de George Bataille, ni se trata de historias estremecedoras como las del Marqués de Sade; tampoco es libidinoso y divertido como el Manual de urbanidad para jovencitas, de Pierre Louÿs o rasposo como Sexus, Plexus y Nexus, de Henry Miller. Es, más bien, una novela cercana a La historia de O, de Pauline Reage, con un toquecito cursi al estilo de Corín Tellado o Daniel Steel (para que me hago de la boca chiquita diciendo que es una obra requete elevada) en donde la protagonista busca aceptar, desde muy joven, su ardiente personalidad, encontrando un oasis en un castillo donde los amantes de las prácticas de sumisión y dominación pueden vivir unas vacaciones al rojo vivo.
Más allá de la historia, que es muy entretenida, lo que más disfruto con la lectura de Hacia el Edén es lo que plantea entre líneas, aquello sobre lo que el lector puede reflexionar tras leer determinadas páginas, pensamientos que llegan ya sea porque Anne Rice los pone sobre la mesa (sobre los párrafos) o porque ciertas frases nos invitan, si nos dejamos llevar, a meditar sobre la importancia que le damos al sexo en nuestras vidas, sobre lo que podríamos estar dispuestos a hacer —incluyendo el acto de enamorarnos, mismo que parece normal y hasta choteado pero en realidad es más difícil de asumir de lo que creemos—, aquello que nos excita en secreto, lo que nos prende en público, la manera en que actuamos eróticamente dentro de la sociedad.
Obviamente, el libro se puede leer solamente como una historia con detalles apasionantes que nos inspiren al acto sexual, pero también nos induce, como sucede con muchos libros eróticos, a deliberar sobre nosotros mismos, el mundo que nos rodea, los otros, las parejas que hemos tenido y lo que queremos en la cama o, incluso, fuera de ella, pues no hay que olvidar que el acto sensual puede estar presente en muchos aspectos de nuestra vida
cotidiana.
Eso es lo que me gusta de las novelas, cuentos y tratados eróticos: que por un lado, como bien dice la escritora Alicia Steimberg, autora de Amatista, representen “un acto masturbatorio para el que la escribe y para el que la lee”, mientras que por el otro pueden ser ventanas abiertas a nuestro ser interior, puertas de acceso a esos aspectos (deseos, apetitos, fantasías, sueños húmedos) de nuestra vida que, en muchas ocasiones, nadie sabe más que nosotros mismos. Entonces, al acceder a estos libros no sólo podemos darle vuelo a la hilacha imaginando las historias que narran, sino también acercarnos a nuestro más profundo ser en un intento de conocernos más y, a la vez, de presentarnos mejor ante aquellos que han decidido compartir su vida con nosotros.
Esta cavilación me llevó a recordar a un lector de Monterrey, Carlos Martínez, quien hace ya varias semanas me solicitó le enviara las columnas atrasadas donde hablo de literatura erótica. “Es mi intención adquirir algunos de los libros que recomiendas y seguir aprendiendo sobre este maravilloso asunto del sexo”, me dice. Aunque me tardé un poco, le mandé lo que me pide porque comparto con él la idea de que leyendo uno se instruye, y si se lee sobre la sexualidad, el erotismo, el cuerpo humano, las relaciones de pareja, algo se puede aprender y/o comprender.
No repetiré los títulos que he mencionado con anterioridad, pero puedo comentar sobre algunos otros volúmenes cuya lectura me parece indispensable, gozosa y entretenida. Por ejemplo, el trabajo de Anaïs Nin, clásico pero no por ello visitado en exceso a pesar de ser la primera mujer que publicó relatos eróticos en Estados Unidos, por allá de la década de los treinta. Delta de Venus, con una fuerte influencia del Kamasutra y sus Diarios nos permiten asomarnos a su vida y la de sus amantes, acercarnos a la fijación por su padre y a lo vivido con Henry Miller y su esposa June.
La obra de Marguerite Yourcenar, por otra parte, está llena de erotismo, sutil o directo, doloroso o placentero, certero, interesante, inspirador. No es una escritora de literatura erótica que busca chaquetearse escribiendo, así que no compren su obra para hacer lo propio sino más bien para dejarse seducir por sus palabras, que pueden llegar a cambiarles la vida de diversas maneras. Memorias de Adriano, El denario del sueño, Opus Nigrum y El tiro de gracia son ejemplos de su magnificencia.
En los últimos meses he estado enganchada a la obra de Haruki Murakami, el cual no sólo me ha regalado grandes momentos de solaz con sus curiosas historias, sino que también me ha hecho sentir tan en paz como si estuviera sentada frente a un estanque oriental viendo cómo se mueven lentamente las flores de loto. Sin embargo, sus protagonistas, aunque viven delicados encuentros sexuales, no se comparan a los de Yasunari Kawabata, otro autor japonés, Premio Nobel de Literatura 1968, quien en libros como La casa de las bellas durmientes explora el deseo sexual de una manera intensa con una narración lenta pero efectiva. Sus cuentos lo mismo llevan al lector a un burdel donde ancianos ricachones pagan por relacionarse con hermosas jóvenes vírgenes profundamente dormidas que a enterarse de la filia que puede provocar un brazo de mujer.
Hoy en día me gustaría encontrar el libro que en 2007 presentó el Subcomandante Marcos y que se llama Noches de fuego y desvelo, el cual, según él, se compone de cartas y textos con imágenes de sexo explícito. El tiraje fue de mil ejemplares, por lo que quizá me cueste trabajo conseguirlo, pero haré el intento. Todo por ver qué tal se le da el erotismo al hombre encapuchado que siempre anda durito, perdón, que anda con Durito.
También, acercarme a esa nueva generación de escritoras árabes que se han rebelado contra la represión sexual y han escrito textos capaces de teñir de rojo sus burkas, como Siba al–Harez, Raja Alsani y Hani Nakshabandi. Ojalá pronto lleguen sus trabajos a México.
Me despido recordándoles una frase de la escritora Anne-Marie Villefranche: “Existe un afrodisiaco que nunca falla, que no presenta una toxicidad peligrosa y que no cuesta nada: la imaginación”. Si a ella le suman la calentura y la reflexión, entonces seguro tendrán un viaje maravilloso que les legará experiencias interesantes. No olviden que leer es sexy, como dicen los chicos de Quimera Ediciones.
¡Y que vivan los novios!
Verónica Maza Bustamante
Mail: elsexodromo@hotmail.com




Un libro muy recomedable
Un libro muy recomedable para todo amante de la literatura erótica.
Cumple a la perfección con el dificil cometido de no caer en ningun momento en la vulgaridad, algo no fácil de conseguir en este genero de la literatura.
Felicidades y éxitos.
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Puedes encontar en libro en esta dirección de internet http://66.240.239.19/2/1/8/21880.ZIP
Gracias.