En Palin los republicanos tienen la émula de Obama
Para muchos republicanos, la gobernadora de Alaska representa una especie de “mesías”, que refleja un nuevo conservadurismo, más joven, sin complejos, atractiva y alejada de Bush.
Basta con ver la cobertura del Weekly Standard, la revista de los neoconservadores estadundienses, el fin de semana, para aquilatar la medida del “hallazgo” de John McCain. “¿Es ella lo que esperábamos?”, se pregunta el semanario, usando una fórmula empleada a menudo por Barack Obama al comienzo de su campaña.
El paralelo es claro: con Sarah Palin, los republicanos esperan haber encontrado su “mesías”, su “Obama”. “Un fantasma obsesiona a las elites liberales de Nueva York y Washington: el de un conservadurismo joven, sin complejos, atractivo, salido de la Unión Americana rural, independiente de la agenda de la administración Bush”, escribe el editorialista William Kristol. “Ese espectro tiene un nombre: Sarah Palin.”
Barack Obama preparó sigilosamente el terreno antes de lanzar su candidatura, y él mismo contó su historia. Sarah Palin era totalmente desconocida del público, aun cuando era la gobernadora más popular de Estados Unidos (80% de popularidad). Los medios y los blogs demócratas se precipitaron en su biografía. El estado mayor de John McCain no previó evidentemente la cadena de revelaciones que seguiría a la postulación de Palin.
Durante 48 horas todo el país se sumergió en las complicaciones familiares de los Palin y la crónica local de Wasilla (Alaska), con 8 mil habitantes. ¿Presionó ella para licenciar de la policía a su ex cuñado, involucrado en un divorcio conflictivo con su hermana? Al respecto, una investigación fue abierta por la asamblea local. ¿Está sometida Palin a los lobbies petroleros?
Los estadunidenses también han descubierto el desfase cultural que existe con Alaska. Porque mientras en los “48 estados de abajo” ella es criticada como muy cercana a los intereses petroleros. Pero en Juneau (capital de Alaska), es casi considerada como “antipetrolera” por haberse atrevido a aumentar los impuestos entregados por las compañías.
Sarah Palin también se vio involucrada en la polémica sobre el “punto hacia ninguna parte”, un proyecto para permitir a Alaska obtener créditos federales para la construcción de un puente que una la pequeña ciudad de Ketchikan (de unos 9 mil habitantes) con la isla de Gravina, que alberga a... unas decenas de residentes. Durante su campaña, Palin dio su apoyo. Pero una vez elegida, cambió de opinión.
También se le reprocha haber reclutado un lobbyista de Washington para obtener subvenciones del gobierno, mientras se presenta como campeona de la reforma. Todd Palin, su marido, ingresó a la política al haber integrado el Movimiento para la Independencia de Alaska. Aunque Sarah misma asistió a reuniones de esa organización que promueve la independencia de Alaska.
Pero es sobre todo la confirmación de que Bristol, su hija soltera de 17 años, está encinta, lo que desencadenó los sarcasmos y relanzó la “guerra cultural” que en cada elección enfrenta a la derecha y a la izquierda sobre el tema de los “valores”. Hasta la aparición de Sarah Palin, los cristianos conservadores estaban, este año, poco movilizados. Los ataques de la izquierda los despertaron.
“A los ojos de quienes se creen ciudadanos del mundo sofisticados y que están orgullosos de salvar el planeta comprando a otros países los derechos para contaminar, una mujer que ha traído al mundo a cinco hijos, como Sarah, es incomprensible”, escribió el director de la revista de derecho American Thinker.
Finalmente, John McCain, que quería por medio de Palin reactivar su mensaje de “francotirador”, se encuentra asociado a esta “guerra cultural” que no le soluciona nada. La noche del miércoles 3 de septiembre, Sarah Palin intentó enderezar la vara. No hubo ninguna referencia, en su discurso, ni al aborto ni al creacionismo, y a penas de Dios. Ella se presentó como representante de Estados Unidos de las pequeñas ciudades, antiélite, la Unión Americana de las gentes que “producen su alimento, hacen funcionar sus fábricas y libran sus guerras”.
“¡Primero el país!”, es el slogan de John McCain. Sobre esto, para el cronista David Brooks, una nueva guerra cultural reemplaza a la de los años de 1960: “La Unión Americana de las pequeñas ciudades contra la unión cosmopolita."



