Las dos Chinas

Pekín, China.- La primera sensación que provoca la Ciudad Prohibida, centro de poder durante más de 600 años en donde vivieron resplandecientes pero ocultos 24 emperadores, es la sensación de misticismo similar a la que suele remitir en Latinoamérica la percepción de la cultura china con su Confucio, su taoísmo y sus dragones escupiendo fuego. Por aquí, los dragones suben y bajan a lo largo de murallas de piedra de 10 metros de altura. Estos y otros animales fantásticos no son difíciles de hallar en pasadizos oscuros y centenares de casonas, templos y palacios que suelen estar pintados con un color rojo que dramatiza el entorno de esta ciudad vedada. En el interior de la sala de la Armonía Suprema, a la que se llega subiendo escaleras de mármol, hay poemas de amor rotulados en las paredes y grullas esmaltadas que simbolizan longevidad, rodeando todo un trono donde el Emperador celebraba sus fiestas de cumpleaños.
China es uno de los países más antiguos del mundo, su historia se remonta por lo menos 4 mil años atrás y llega hasta la actualidad, gobernada por el Partido Comunista Chino, heredero de la revolución de 1949, aunque reformado internamente en 1978 para dar paso a una generación de tecnócratas en el poder, los cuales desde entonces han convertido “reforma” y “apertura” en las dos palabras más importantes del gobierno popular que tiempo atrás había instalado Mao Tse Tung, el bibliotecario que pasó a ser un gobernante revolucionario de rigidez en el dogma hasta el último instante de su vida.
Aunque la civilización china fue capaz, con tal de apartarse del mundo, de construir una muralla que a lo largo de 6 mil kilómetros se abre paso de manera increíble sobre pueblos, ciudades y ríos, algunas invenciones creadas en el seno de su sociedad traspasaron el aislamiento y se convirtieron en objetos de uso común en Occidente como la brújula, la pólvora -quizá luego de demasiado uso-, el reloj, el papel, los fósforos, la tinta y el paraguas. El comercio ancestral de la seda, el jade, las perlas y la porcelana también burló la imponente fortaleza asiática.
Con motivo de los Juegos Olímpicos de Beijing y de una invitación formal hecha a MILENIO Semanal por el gobierno de este país, viajé a China para conocer de cerca algunos de los asuntos convertidos en temas polémicos en Occidente, donde es común satanizar como crueles y autoritarios a los gobernantes chinos, y caricaturizar como anónimos y hasta ingenuos a los ciudadanos de a pie de este país de más de 1 mil 300 millones de habitantes, una población equivalente a 13 Méxicos o casi cinco Estados Unidos.
El mundo chino no es sencillo de comprender ni siquiera de cerca. Da una idea de lo arcano que resulta ser para el recién llegado, el hecho de que en la mística Ciudad Prohibida, de donde salió huyendo en 1924, Puyi, el último emperador chino, cuya vida fue llevada al cine en una película magistral de Bernardo Bertolucci, uno se tope con que el gran vestigio de esta civilización oriental es patrocinado oficialmente por la tarjeta de crédito American Express, o que las audioguías que explican la ancestral historia del lugar están hechas con la voz de Roger Moore, el intrépido primer James Bond de Hollywood. Por si no bastara para el asombro: en el corazón de la Ciudad Prohibida, una cafetería de la cadena trasnacional Starbucks ha ofrecido sus servicios desde hace un par de años, no sin algunas polémicas de por medio.
Pero esta China milenaria, esta China comunista, esta China American Express, es apenas una de las muchas Chinas.

LO VISIBLE Y LO INVISIBLE
Pekín –o Beijing como le llaman los propios chinos- es una metrópoli ruidosa, contaminada y llena de tantos rascacielos como de jardines. Uno puede caminar un kilómetro a lo largo de una avenida importante y encontrará decenas de construcciones similares a las de la Torre de Pemex, una de las más grandes de América Latina y el edificio que con tanto orgullo se presume en México. A veces, cuando la caminata ya se ha alargado una hora, da la impresión de que el horizonte de edificios modernos no va a terminar jamás.
Mientras uno anda a pie se impresiona de ver el número de personas en bicicleta compartiendo sin problema alguno las vías con automóviles. Niños, ancianos, mujeres, jóvenes, hombres maduros, el espectro social de quienes usan la bicicleta es completo, aunque en los últimos años, el crecimiento del uso vehicular ha sido tremendo. La compañía General Motors reporta desde hace cuatro años un mayor número de ganancias en sus ventas en China, que en sus operaciones en Estados Unidos. El uso de la bicicleta, sin embargo, sigue aún tan arraigado y es tan vigente que en los aparadores de exclusivas tiendas como Versace, Gucci o Dolce & Gabbana, es común ver que los modelos asiáticos que anuncian las finas vestimentas, lo hagan siempre sujetando una bicicleta.
“Cuando uno va a China, uno siempre queda impresionado. Pero ¿qué hay del otro lado? Porque estas cosas no llegan gratis. Cuestan. Nos cuestan la disponibilidad de un sistema de salud accesible. Nos cuestan vivienda y educación. Así que mientras China construye su enorme infraestructura visible, deja abandonada su infraestructura social invisible”, cuestiona Minxin Pei, un escritor de este país que abiertamente crítica al actual régimen. Esta idea, al igual que la de que varias ciudades chinas como Pekín o Shanghai, las cuales fueron destruidas antes en nombre de la revolución, y hoy las destruyen los especuladores en nombre de la modernización, me la topé en charlas con funcionarios y ciudadanos de a pie, aunque ellos cambiaban la palabra “destrucción” por “transformación” y me remitían en su defensa a un dato contundente: China es el único país del planeta que ha tenido un crecimiento económico medio anual del 9 por ciento durante más de un cuarto de siglo y jamás en la historia de la humanidad habían abandonado la pobreza en un plazo tan corto tantos cientos de millones de personas.
“Falta dar muchos pasos, pero vamos en el camino correcto”, resumió un miembro del partido Comunista con el que charlé en un restaurante.

POBRES Y RICOS
Antes de venir a Pekín, revisé diversa literatura sobre China, la cual abarcó desde el magistral novelista chino exiliado en Francia, Gao Xinjian, hasta Alan Peyfreitte y a Guy Sorman, dos de los más reconocidos “antichinos” a nivel mundial. También me topé con notas y reportajes de medios de comunicación estadounidenses previas a los Juegos Olímpicos que hablaban sobre los miles de pordioseros habían sido desplazados forzosamente de Pekín para la celebración del evento internacional. Me sorprendió, al cabo de algunos días de caminar por Pekín, el darme cuenta de que en barrios céntricos, un poco al margen –no mucho- de las zonas turísticas, quizá violando la disposición oficial que el gobierno niega haber hecho, había indigentes caminando entre tendajos, mirando desperdicios como tesoros suyos recién descubiertos.
Al respecto, en una entrevista, el viceministro Wang Guoging, me dijo que, contrario a lo que ya se analiza en algunos miradores financieros internacionales, China es un país subdesarrollado, en donde había ricos y pobres, y en donde la desigualdad social estaba marcada regionalmente entre el Oriente del país –donde se encuentra Pekín y Shanghai- y la parte central y Occidental. De hecho, en pláticas con miembros del partido Comunista, pude saber que uno de los múltiples objetivos que tenía la celebración de los Juegos Olímpicos era el de contribuir al plan de desarrollo que tiene el gobierno para esas regiones empobrecidas del país.

PIRATERÍA Y ORIGINALIDAD
Hoy en día, uno de los temas de moda en varias universidades chinas es el de la creatividad. Con su enorme capacidad industrial, ese inmenso poder de mano de obra, China ha cobrado fama en el mundo por ser un país productor de artículos piratas, algo condenado en la anárquica altamar de los negocios. Copiar productos de cualquier tipo para ofrecerlos más baratos en el mercado internacional ha catapultado su economía pero también la ha limitado a ser una apabullante e insuperable fábrica que hace desde Vírgenes de Guadalupe a granel hasta ediciones piratas de libros como Harry Potter, pero pocas aportaciones tecnológicas al mundo del Siglo XXI.
De acuerdo con algunas versiones que obtuve, la planificación oficial china para los próximos años proyecta para las regiones subdesarrolladas de Occidente, la creación de “ciudades tecnológicas” en las cuales se estimule la creatividad, la invención científica y tecnológica, a fin de conseguir el desarrollo económico de estos pueblos y ciudades, al mismo tiempo que esto complemente el poderío industrial que ya existe en las regiones orientales del país. Y en este escenario, los Juegos Olímpicos celebrados recientemente serían un factor que ayudaría a cambiar la imagen negativa de China en Occidente y atraer de allá a celebridades, científicos, artistas y genios extranjeros que puedan colaborar en el desarrollo de la “originalidad” china en las regiones más pobres.
Yao Ming, un joven gigante chino de 2.30 metros que es una de las estrellas en el básquetbol de la NBA y la máxima figura deportiva en este país, representa también ese afán de originalidad, que provoca suspicacias en Occidente. Un libro escrito en 2005 en Estados Unidos, bajo el título “Operación Yao Ming”, asegura que el superatleta es el resultado de un experimento genético del gobierno comunista.
A través de un comunicado, el gobierno chino rechazó esto en su momento y aseguró que el desarrollo de China continuaría, sin importar que se hicieran señalamientos “fantasiosos” como los de Yao Ming.

COMUNISTAS Y CAPITALISTAS
Pero no todos dentro del Partido Comunista, conformado por 8 millones de militantes que prácticamente deciden el rumbo del país, están de acuerdo con el futuro programado para China por el gobierno que encabeza Hu Jintao, quien a sus 65 años de edad ostenta los tres cetros del poder: la secretaría general del Partido, la jefatura del Estado y la jefatura militar. El giro que han dado en los últimos 30 años las políticas liberales en la economía de China, un país que en su constitución se define aún como “una dictadura democrática popular”, no ha dejado de tener oposición con lo que se conoce como “el ala izquierdista” del partido Comunista.
Varias páginas web expresan críticas de diversos sectores de esta ala izquierda con la política interior y exterior del gobierno: la web “Bandera de Mao Zedong” (www.maoflag.net ) dirigida por Sun Yongren, miembro del comité director del Instituto de Estudio del Materialismo Histórico y apoyada por Deng Liqun realiza críticas a las privatizaciones y al rumbo procapitalista, la web “China y el mundo” (www.zgysj.com ) que realiza críticas a la política interior del PCC. Por ejemplo en el artículo en chino “¿De qué se ríen los estudiantes de la Universidad?” se critica el hecho de que los responsables administrativos del Estado aunque afirman conocer la teoría Marxista-Leninista, de hecho la ignoran. La web “Movimiento Comunista Internacional” (www.gjgy.net ) publica textos de los comunistas maoístas nepalíes e indios.
Un periodista y amigo de Cuba, durante el encuentro que sostuvimos con el Viceministro Wang Guoging, responsable del Consejo de Comunicación de Estado, le preguntó, con un dejo de sarcasmo caribeño, ¿qué cómo podía haber comunismo en un país si él había visto en Pekín muchos automóviles Mercedes Benz, Audi y otros “coches grandes”? El viceministro, en el mismo tono risueño le respondió: “El comunismo no tiene por qué andar en una guagua”, en referencia al tradicional autobús colectivo que circula por las calles de La Habana.
Todos reímos.

GOBIERNO Y REBELIÓN
No son risas lo que predomina en la cúpula del poder chino. Para José Antonio Egido, doctor en Sociología especializado en el país oriental, la República Popular China está en una encrucijada. “O se fortalecen los derechos de los nuevos empresarios, de la nueva derecha que los representa (incluyendo a la socialdemocracia que surge dentro y fuera del Partido) y del capital occidental (que prodiga sus “buenos consejos” a China en detrimento de los derechos de las amplias masas) o se profundiza en la democracia socialista para asegurar el poder obrero y campesino y una distribución justa de los frutos del crecimiento económico”.
El choque entre las dos realidades chinas parece inevitable, sobre todo cuando uno conoce reportes oficiales o reportajes de periódicos extranjeros -contrastados con fuentes chinas que conocí durante este viaje-, en los que, más allá del Tíbet, se habla de rebeliones por todos lados, como la que en febrero de 2001 se produjo en la provincia de Liaoning, donde mineros y policías se enfrentaron durante 3 días, paralizando la vida en la población; o las manifestaciones de marzo del 2002, en las que 50 mil obreros salieron a las calles a protestar por la decisión del Consejo Administrativo del Petróleo de Daqing de reducirles su indemnización de despido al haberse agotado el yacimiento petrolífero. Fuentes oficiales hablan de la existencia en promedio de 60 mil protestas sociales por año en lo que va del siglo XXI.

LO PÚBLICO Y LO PRIVADO
Sobre los salarios de los trabajadores de las maquiladoras chinas, quienes de acuerdo con estudios internacionales, perciben un salario igual de miserable al que ganan los obreros de las maquiladoras mexicanas de Ciudad Juárez o de Reynosa, cuestioné a un maestro de la Universidad de Pekín. Mi duda consistía en cuál era la diferencia entre un país que se decía comunista como China y uno abierto por completo al capital como México, si en ambos, los obreros tenían la misma cantidad de ingresos ínfimos. El profesor, con quien charlé durante una visita a la entrada más cercana de la imponente Gran Muralla, me explicó así: “Un obrero chino y uno mexicano pueden ganar lo mismo, pero a un obrero mexicano, según entiendo, el gobierno no le dará una vivienda, ni tampoco una alimentación diaria, mínima pero valiosa, ni tampoco accederá de manera gratuita a los servicios públicos”. En México un obrero gana más o menos lo mismo que un obrero aquí en China, pero no recibirá ese salario indirecto que reciben acá los trabajadores a través de estos beneficios sociales que en México, en cuanto se asoma la posibilidad de otorgarlos mediante alguna política pública, reciben de inmediato el epíteto de que son decisiones populistas.
De hecho, otra de las cosas que resaltan en Pekín es la eficiencia y la inmensa red de servicios públicos que existe, como la del transporte que cubre toda la ciudad y consiste en el metro y en el metrobús, el cual está equipado con vehículos modernos con televisor y cuyo costo es de 1 yuan (2 pesos mexicanos). Asimismo -quizá debido a la celebración de los Juegos Olímpicos, quizá no- sorprende encontrar algo poco habitual en las metrópolis: una limpieza y un alumbrado público eficiente en los barrios de la periferia, esos a los que los funcionarios del gobierno chino te recomiendan no visitar.

INTERNET Y TINTA CHINA
Otra sorpresa en cuanto a los servicios es el acceso a internet, el cual, contrario a la impresión que se tiene en Occidente y que yo tenía antes de venir acá, no está restringido. Por el contrario en Pekín, el gobierno garantiza el acceso gratuito a la red desde cualquier lugar de la ciudad. A diferencia de México, donde el monopolio del megamillonario Carlos Slim, hace que Internet siga siendo un artículo de lujo, en China es gratuito y cualquiera puede acceder desde una plaza o en la esquina del barrio, siempre y cuando tenga la computadora equipada técnicamente.
De hecho, fuentes que consulté en China me aseguraron que en 2007 el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, había planteado su interés formal en que una empresa china otorgara esta cobertura gratuita a toda la ciudad de México, pero que el proyecto se había detenido por presiones del empresario Carlos Slim, quien hubiera visto afectado uno de los negocios que lo ha convertido en un empresario capaz de ganar en los últimos años, un promedio de 26 millones de dólares por día.
Aquí en Pekín, el milenario correo a través de cartas escritas con tinta china cada vez se usa menos.

LIBERTAD Y CENSURA
Lo que también se piensa que se hace aquí en China y que en efecto, sí se hace, es la censura de páginas y contenidos de Internet que le desagradan al gobierno. Para verificar esto fui a un ciber café cualquiera, en el cual yo era el único extranjero al cual miraban con más risa que con curiosidad los demás cibernautas chinos. Después de anotar los datos de mi pasaporte, el despachador del sitio me entregó una máquina en la cual empecé a tratar de rastrear información sobre Taiwán y el Tíbet. En dos los dos principales buscadores de la web, Google y Yahoo me topé con que los resultados que se mostraban en las primeras páginas eran informaciones positivas a los intereses chinos o simples datos turísticos, nada de críticas, si no hasta las últimas páginas, en donde empezaban a aparecer algunas notas o páginas que hablaban sobre el Dalai o que cuestionaban al gobierno.
A los pocos días platiqué con un funcionario del Departamento de Propaganda, el órgano que se encarga de estas censuras. Después de relatarle mi experiencia, le pregunté que con base en qué se realizaba esta práctica que en México, de entrada, consideraríamos condenable. El funcionario, me respondió: “Es cierto. Nosotros le pedimos a estas compañías occidentales que si querían seguir operando en China, cambiaran sus resultados de búsqueda. No les pedimos que eliminaran las referencias negativas sobre China, pero sí que no fueran las primeras en aparecer en las búsquedas. Nosotros creemos que es nuestro derecho que la gente conozca primero las cosas positivas, y además, ¿qué derecho tiene un puñado de personas de los Estados Unidos de decidir qué es lo que debe ver o no la persona que entra a Internet? Cuando llegues a tu país, busca en estos mismos sitios temas como el 11 de septiembre o la invasión de Irak y seguramente no encontrarás entre los primeros resultados, los centenares de artículos que se han escrito en China sobre esto. Y eso que somos uno de los países con el mayor número de usuarios de Internet”. Cuando regrese a México, haré la búsqueda, respondí.
Guy Sorman, quien vivió un año en este país y escribió el libro “China: El imperio de las mentiras”, el cual recientemente fue traducido al español y publicado con una portada en la cual aparece la figura de un Pinocho con rasgos asiáticos y de fondo el color rojo de la bandera china, asegura que la compañía telefónica del estado, China Mobile vigila los mensajes SMS mediante un sistema de censura que se activa ante la aparición de una de cerca de mil palabras. Muchas de ellas, sobre la jerga sexual y otras como “Tiananmen, Taiwán, centro de corrección, Tíbet, Xinjiang, corrupción, etcétera”.

DICTADURA Y DEMOCRACIA
El escritor francés Sorman es uno de los más férreos críticos del régimen, al cual define como una dictadura. “Una elección en donde existe un partido único, donde la oposición está prohibida, la información es remplazada por propaganda, los debates son ensayados y la crítica censurada es una dictadura”, sentencia tajantemente.
Su opinión no la comparte Albert Keidel, otro occidental experto en China que trabaja en la Fundación Carnegie, con sede en Washington. “No creo que se pueda usar esa palabra para la China de hoy. Yo viví en Corea del Sur en la década de 1970, y esa era una dictadura, con un dictador militar. Viví en Taiwán durante dos años en la década de 1960, y esa era una dictadura. Aquí tenemos un gobierno que ha solventado la transferencia de poder entre generaciones. Cada generación ha pasado a primer plano. Así que llamar a este gobierno una dictadura, cuando en realidad es una estructura corporativa de tecnócratas que intentan elucidar cómo hacer que este país se deshaga de la pobreza y se convierta en una fuerza de crecimiento mundial, es un error. Esto no es una dictadura”.
Es curioso como cambia la cara de la historia. Hace apenas unos años, durante la llamada revolución cultural emprendida por Mao Tse Tung, – la cual, después de un proceso de autocrítica ahora condena el Partido Conmunista Chino- existían cinco categorías negras, las cuales servían para identificar a cierto tipo de personas: las que procedían de familias de terratenientes, a los campesinos ricos, los contrarrevolucionarios, los malos elementos y los derechistas. Coloquialmente todos ellos eran llamados perros, ogros o monstruos.
Hoy en día esos “perros, monstruos y ogros”, conviven sin problemas en China. No sólo eso, hasta da la apariencia de que son parte clave de su impresionante desarrollo de los últimos años. Por eso es mejor no suponer algo como definitivo en la historia actual de un país tan continental y extravagante para occidente como lo es China, como lo son las dos chinas.
Apenas hay que remontarse a la propia experiencia.

Buen trabajo estimado Diego!

Buen trabajo estimado Diego! Realmente ilustrativo.

de tantas cosas que se

de tantas cosas que se escribieron sobre China, esta me parece que es una de las mejores