Entrevista: Anabell Pagaza • Doctora en Psicoanálisis de la UIC

Secuestro después del secuestro

Los plagios han aumentado en el país, ya que el número de pacientes que sufren secuelas de esa situación ha crecido 40% este año.

Imagine que usted y su familia vivieran en este estado…

—Que cuando sonara el teléfono —cualquier teléfono: móvil o fijo— a usted y los suyos les brincara el corazón, se aterrorizan…

—Que uno de sus hijos, en estado de pánico permanente, llevara 10 años postrado sin querer salir de su habitación, sin ir a la escuela, sin asomarse a la puerta de su casa, a pesar de que usted le disolviera una gran cantidad de antidepresivos en sus alimentos…

—Que los más pequeños entre sus hijos vivieran con ansiedad permanente, con frecuentes llantos provocados por miedos incontenibles…

—Que usted y los suyos tuvieran cotidianamente sentimientos de persecución: que siempre se sintieran vigilados en la calle, en el coche, en el transporte público, al caminar, al ir al trabajo, a la escuela, al cine, a un restaurante, a una tienda, al súper, a cualquier lado…

—Que usted y los suyos no pudieran conciliar el sueño cada noche a causa del temor crónico que los agobia…

—Que usted y los suyos sufrieran frecuentemente enfermedades psicosomáticas producidas por la angustia que los envuelve, como migrañas y colitis nerviosas…

—Imagine que una sensación de peligro se apoderara de usted y su familia cada día, cada noche, cada instante, sin importar dónde estuvieran: en México, en jornadas laborales, o fuera del país, en momentos de asueto…

Bueno, pues éstas son algunas de las cosas que sufren cientos de miles de familias (200 mil entre 1999 y 2004, según una encuesta de la Organización de las Naciones Unidas) que, sin importar su estatus social (la mitad es gente de clase media para abajo, de acuerdo con datos de la AFI), han sido víctimas del secuestro en México.

Es el secuestro del secuestro. El secuestro después del secuestro…

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La doctora Anabell Pagaza lleva cerca de una década atendiendo a familias que han sufrido secuestros. En los últimos cinco años ha tratado a unas 40. Ella sabe que los secuestros han aumentado en el país porque el número de sus pacientes se ha incrementado 40 por ciento este año. La doctora en psicoanálisis por la Universidad Intercontinental (UIC), coordinadora de posgrado en psicoanálisis por la misma institución, define así el secuestro y sus repercusiones:

—Es una mutilación de por vida. Es un calvario. Es la mayor de las impotencias, ya que no se tiene un enemigo visible, sino virtual. Un enemigo que es una voz detrás de una línea telefónica amenazándote todo el tiempo con una psicología de sometimiento y humillación, de poder absoluto sobre la vida del otro.

Entrevistada en su cubículo de la UIC, la doctora sentencia: “El secuestro no termina con el secuestro. Toda la rabia, el enojo y la impotencia que sufren los secuestrados y sus familiares se revierten luego en el seno familiar. El enemigo invisible se traslada al núcleo de la familia”.

Le pregunto a la terapeuta cuáles son algunos de los daños y comportamientos que permanecen después de un secuestro, además de los enumerados al inicio de este texto. La doctora Pagaza enlista:

—Miedo muy grande de que otro miembro de la familia sea secuestrado.

“Desesperanza entre los muchachos. Piensan: ‘Para qué trabajar, para qué estudiar, para qué hacer esfuerzo, si cualquiera puede llegar y te quita el poco o mucho patrimonio que tengas’.

“En el secuestrado quedan sentimientos de culpa por lo que se pagó para salvar su vida. Sienten que la familia está en problemas económicos por su culpa. Llegan a culpabilizarse y decir cosas como: ‘Es que, como le puse un estéreo nuevo a mi carro, a lo mejor por eso me secuestraron’, aunque andaba en un vochito. O: ‘Yo traía un reloj que, aunque era pirata, parecía de marca, y yo creo que por eso me secuestraron’.

“Depresiones en familia. Por ejemplo, en los padres, por no haber podido proteger a los hijos, les queda mucha culpa.

“Agresiones volcadas al seno de la familia. Donde había un área de conflicto, ésta se exacerba. Ha habido familias que acaban con vínculos familiares y amistosos. Por ejemplo: secuestraron a un hijo y la mamá les pidió a los demás hijos, ya casados todos, que vendieran sus casas y coches para pagar el rescate, y los hermanos se negaron a hacerlo. Se rompió la familia. U otro caso en el que el padre de familia me decía: ‘Mis amigos no eran mis amigos porque a la hora de que les pedí dinero no me ayudaron’. Esa parte es muy dolorosa. Dicen: ‘No puedo ver a mis amigos porque no sé si fue uno de ellos’. O: ‘No puedo ver a la familia porque no sé si fue tal o cual tío o primo’.”

—¿Y los que no recuperan a la víctima, ahí qué pasa, doctora?

—Es un duelo muy, muy difícil de elaborar. Queda una culpa enorme durante mucho tiempo, sobre todo en aquel al que le tocó asumir el rol de negociador familiar, por el pensamiento y la sensación de que no hizo lo suficiente. Y la verdad es que en la mayoría de las ocasiones no hay responsabilidad del negociador: quien va a matar, va a matar. Sin embargo, queda la culpa en el núcleo familiar, con frases así: “Te dije que pagaras antes”, “te dije que consiguieras más dinero”. Y se deshace todo.

—¿Y las ganas de matar y vengarse, doctora?

—Sí… Claro que sí existen… La sensación y el impulso de mátenlos, cuélguenlos, cástrenlos, o buscar uno mismo a los secuestradores para hacerse justicia. La única diferencia entre la justicia y la venganza es el método. La búsqueda de la justicia, de “enciérrenlos”, es una forma taliónica de: “Tú me quitaste algo, yo te quito lo mismo”. Claro, cuando eres gente de bien, te frenas en el impulso de: “Si los encuentro, los mato”. La sensación de saber quién fue es común por la impotencia. La gente dice: “Quiero ponerle rostro y nombre al que fue, porque no quiero vivir sospechando de todo mundo”. Eso implica quedarse en una vida donde te aíslas porque ya no puedes confiar en nadie: todo mundo quedó bajo sospecha. Es una forma horrible de vivir. Hay que trabajar con ellos: “Ya saliste, ya no estás en cautiverio, no te autosecuestres”. De otra forma, las familias quedan secuestradas en el secuestro. Por eso es muy importante que pidan ayuda…

El secuestro del secuestro…

Juan Pablo Becerra-Acosta M.