Miguel Ángel VargasMarca PersonalAntes de entrar a las filas de Milenio, trabajaba en el que llegó a considerar el empleo más tedioso del mundo. Ahí, a escondidas de sus múltiples jefes, pasaba sus interminables jornadas laborales leyendo toda clase de noticias políticas y económicas y, de vez en cuando, escribía algún artículo de opinión que le publicaba un diario de cuyo nombre no se quiere acordar. Y es que fue MILENIO Diario de Monterrey la empresa que le dio la oportunidad de hacer de su afición a comentar noticias, una profesión.
Es chilango de nacimiento, tijuanense por convicción, regiomontano por conveniencia y, ahora, uno más de los mexicanos en el exilio. Le gusta por igual el chicharrón en salsa verde, las cervezas oscuras, los malos chistes y las canciones de Andrés Calamaro.
En el Tecnológico de Monterrey estudió economía, pero la grilla siempre le ha apasionado más. Por eso, actualmente estudia Ciencias Políticas en la Universitat Pompeu Fabra en Barcelona, España, desde donde escribe estas líneas y espera ansioso sus comentarios.
Ni muy muy, ni tan tan
La mayoría de los críticos de la reforma petrolera del gobierno de Felipe Calderón suelen hablar de que en el fondo de la propuesta hay un intento de “privatización”. En esta visión se sataniza cualquier intento por ceder a manos privadas algo que antes estuvo –o que hoy está– en manos públicas. El mercado es el demonio.
Del otro lado, los críticos de los críticos de la propuesta calderonista –o sea, sus defensores–, aunque no pueden aceptar su interés privatizador, tampoco pueden negar que creen que el mercado es mejor que cualquier gobierno para asignar recursos y que si tuvieran que elegir entre nacionalización o privatización (de la empresa que fuera, en el momento que fuera) optarían por lo segundo. El Estado es el demonio.
En el fondo del debate está la legítima lucha por definir si se quiere un Pemex propiedad exclusiva del Estado y que controle prácticamente toda la industria petrolera; o si, en cambio, se prefiere un Pemex que cada vez ceda más espacios a inversores privados. Aquí, valdría la pena poner un alto a ambas visiones reduccionistas y recordar que, como dice el dicho, “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no le alumbre”.
Y es que ni todos los procesos de nacionalización han sido una aberración a la más elemental lógica económica; ni todas las privatizaciones han implicado una mejora sobre la empresa pública que las precedió; ni tampoco privatización es igual a liberalización y competencia. En la actual economía global, nacionalizar o privatizar no son opciones únicas y, mucho menos, irreversibles. Así lo demuestra la historia reciente.
Pero no hablemos de Hugo Chávez y la nacionalización de acereras y cementeras; ni tampoco de Evo Morales y la nacionalización del gas boliviano. Hay casos más recientes y más alejados de las motivaciones políticas: a 14 años de haberlas privatizado y después del fiasco que ha implicado su paso por distintas manos privadas, el gobierno de la alemana Ángela Merkel ha tomado la decisión de re-nacionalizar el Bundesdruckerei, el sistema federal de imprentas donde se elaboran los pasaportes y otros documentos oficiales.
En la misma tónica, el gobierno argentino de Cristina Fernández anunció hace algunos días la nacionalización temporal de las Aerolíneas Argentinas, para evitar que la compañía sea ahogada hasta la desaparición por una deuda de más de 890 millones de dólares y por el alto precio de la turbosina. La empresa había sido vendida por el gobierno de Menem a Iberia en 1990, y ahora tendrían que recuperar el control comprándole las acciones al actual dueño, el también español Grupo Marsans.
En esta contienda ideológica bien valdría la pena recordar lo que dijera el economista catalán Xavier Sala i Martín en su didáctico libro Economía liberal para no economistas y no liberales, cuando resumió su postura sobre la disyuntiva de elegir entre la propiedad pública o privada de cualquier compañía: “Lo realmente importante es que haya competencia entre empresas y no que su propiedad sea privada… La situación de los consumidores no mejora por el simple hecho de que el monopolio sea de propiedad privada”. En la mayoría de los casos la privatización no resuelve el problema de la falta de una verdadera liberalización y de competencia.
El sistema alemán de imprentas y las Aerolíneas Argentinas, por su magnitud y su relevancia económicas, son casos empresariales muy diferentes a Pemex. Pero, aún así, son ejemplos recientes que demuestran que ni el gobierno todo lo corrompe, ni el mercado todo lo resuelve.




Yo creo que lo que olvidamos
Yo creo que lo que olvidamos es que al dejar a un gobierno completamente corrupto administrar los recursos de todos; permitimos que la corrupción destruya la eficiencia de esa organización y por ende que desperdicie los recursos que sigue extrayendo. La pregunta podría ser, ¿Que será mejor? que se beneficie algún extranjero o que se siga beneficiando un mexicano que tiene acceso al poder en pemex.
Es que no todos son tan
Es que no todos son tan corruptos como los mexicanos. Sí, tenemos esa fama en lo alto, pero nos la hemos ganado a pulso. Es una lástima que por esos la llevemos todos.
si ese es tu mejor
si ese es tu mejor comentario, mejor resérvatelo. que también por gente tan pesimista y totalizante también es que estamos como estamos.