Vila-Matas, uno de los Bartleby

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Laurent Sauerwein escribe que hace tiempo solía pasarse los veranos con su padre en el pueblo de Cadaques, en Cataluña. Ahí, acostumbraban asistir, a las cinco y treinta de la tarde, a un café llamado Melitón, que se halla al final de una pequeña ruta conocida como El Paseo.
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En ese café, nos dice Sauerwein, siempre había cinco o seis personas, casi todos extranjeros y artistas. Uno de ellos, por cierto, sentía una especial predilección por el ajedrez.
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Cadaques es un pueblo famoso gracias a que ahí nació Salvador Dalí, que un día quiso hizo irse a Paris y se fue. Total, que aquel artista amante del ajedrez era Marcel Duchamp.
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Sauerwein esfuerza algunas anotaciones en las que recupera el rostro de Marcel Duchamp como una experiencia ligada a su infancia. Y acá lo más interesante de señalar es que mientras Sauerwein era un niño, Enrique Vila-Matas era ya un joven, y se asomaba también a las mismas tardes de aquel café de Cadaques.
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A sus 17, Vila-Matas ignoraba quien era Marcel Duchamp. No sabía nada acerca de sus ligas con el cubismo, el dadaísmo y las posibilidades del ready made. Para Vila-Matas, aquel hombre era solo un artista francés al que le gustaba el ajedrez.
Años más tarde, en su libro Dietario voluble, Vila-Matas recupera su experiencia juvenil y la reinventa al matizarla con los conocimientos que le otorga la madurez. Asi, desde el presente averigua que el Duchamp al que veía en Cadaques era un artista retirado, que había renunciado ya a “todas las ataduras estúpidas del arte”, para dedicarse a lo que más le gustaba: pasar por la vida y jugar al ajedrez.
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En ese momento, Vila-Matas, autor de obras emblemáticas, como Suicidios ejemplares y Bartleby y Compañía, imagina una ficción que lo conduce a un dilema extraño, pero fascinante.
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Enrique Vila-Matas nos dice que desde hace tiempo es perseguido por una especie de tentación duchampiana. Si, varias veces ha imaginado la posibilidad de despojarse de las “ataduras estúpidas del arte” y, entonces, convertido ya en un ex escritor, narrar su experiencia como un nuevo aporte al sendero trazado en Bartleby y Compañía, libro en el que se analizan las vidas de escritores que un día dejan de escribir y convierten su vida y su frustración en obras de arte (comenzando por Juan Rulfo). Vila-Matas ingenia un dilema extraño y llamativo ante esa posibilidad. 1). Poner un anuncio en el periódico en busca de un escritor dispuesto a narrar su vida de ex escritor. Y 2). Inventarse a un escritor imaginario que atestigüe su abandono de la escritura.
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Asi, Enrique Vila-Matas deriva, de una propuesta autobiográfica (sus visitas al Café Melitón), una visión ensayística (ubicación de Duchamp en la historia del arte), y luego tuerce hacia la ficción pura (dilema imaginativo entre las opciones 1 y 2)
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En fin, que lo más atractivo de todo esto es que, procediendo a un fusión, a un rotundo y soberbio mestizaje de géneros, Vila-Matas nos está acercando a una manera muy particular de abordar el hecho literario. Por eso, pienso, por eso vale la pena acercarse a sus libros, por su chispa de originalidad e ingenio, precisamente.
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Ahora un dato meramente noticioso: a finales de julio estará Enrique Vila-Matas en Monterrey, invitado por la Cátedra Anagrama-UANL. Se trata, en efecto, de un evento de estatura internacional, que surge de un trato directo entre la Máxima Casa de Estudios y la editorial, sin la complicidad o colaboración de ningún otro organismo cultural o educativo. Esto nos muestra que, evidentemente, nos hallamos ante un acierto de la UANL en materia artística. Pero más allá del aplauso, sería útil asomarse al motivo o el pretexto de la presencia de Vila-Matas en nuestra ciudad.
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Simplemente, trae un libro bajo el brazo: Dietario voluble. Y vaya, que no podría tener un mejor pretexto, por cierto, ya que este libro lo pinta de cuerpo entero. Esperemos, entonces, su llegada con entusiasmo.
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PD
Vila-Matas solo visitara Monterrey. No ira a ninguna otra ciudad mexicana.