El Flaco de Oro is back

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“El Flaco sacó su elegante cigarrera de plata; la abrió, sacó su churrito de mariguana, se lo llevó a los labios, lo prendió, fumó y se lo pasó al periodista. “Aquí está su inspiración; ahora componga la música”, le dijo. Es un apunte del libro “Solamente de una vez”, de Francisco Haghenbeck (Planeta).
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Genial, mujeriego, mariguano, impredecible y enamorado, así es como suele describirse a Agustín Lara. Hoy, otro libro viene a sumarse a la historia de sus biografías, su leyenda y su mito. Un libro escrito por Guadalupe Loaeza y Pavel Granados.
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“Rosa”, “Granada”, “Humo en los ojos”, “Piensa en mí”, muchas son las canciones escritas por Agustín Lara y otras tantas le fueron atribuidas o le generaron acusaciones de plagio. Piezas que dibujaron el paisaje de la música popular en los días en los que el primer Azcárraga creaba la industria del entretenimiento en México y hacía de la radio la plataforma masiva por excelencia.
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”Blanco diván de tul aguardará tu exquisito abandono de mujer”. Versos que remiten a una poderosa tradición latinoamericana. Versos que nos moverían a pensar en José Martí, Manuel José Othón, Luis G. Urbina, Rubén Darío. Versos de piel modernista y sonrisa tropical. Versos trazados por un poeta nocturno y afecto a todos los placeres mundanos. Cliente de La Bandida y ex pianista de cantina.

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Noviembre de 1970. Palacio de Bellas Artes. Salvador Novo, José Luis Martínez, Pedro Vargas y Rodolfo Echeverría Álvarez cargan con un féretro. La carrera de Agustín Lara llegaba a su término en medio de leyendas, escándalos y signos de admiración. El arte en México estaba de luto, y esta vez por una razón de peso. El compositor por excelencia no volvería a acercarse al teclado. Se llamaba Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, y era conocido simplemente como Agustín Lara. Su destino: la Rotonda de los Hombres Ilustres.
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Es un hombre elegantemente vestido. La cabeza coronada con un sombrero Panamá, el traje de un corte impecable, la mirada sombría, favorecida por el ala del sombrero. La sonrisa ladeada por una cicatriz. Junto a un inmenso florero, Agustín Lara sonríe para la cámara fotográfica. Muchos años después, lo vemos en la portada de un libro de Guadalupe Loaeza.
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Eran otros días. Era la primera mitad del siglo XX y aquel hombre que había sido pianista de bar en el centro de la Ciudad de México, se estaba transformando repentinamente. Llamado por un director de cine, Agustín Lara se hacía cargo de la música de la primera película sonora hecha en México. Gracias a su talento y a la proyección que le daba esa musicalización, no tardaría en escalar todos los peldaños del éxito artístico. Para acabar convirtiéndose en el autor más influyente y poderoso de su tiempo.
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Hoy lo vemos en perspectiva y su triunfo le sienta natural, como traje a la medida. Fue el compositor más visible, más citado, más admirado del ámbito musical popular mexicano en la primera mitad del siglo XX. Fue un símbolo, un referente, un jefe. Para llegar a ser alguien en la naciente industria de la música, había que cantar las canciones de Lara, emular su estilo, beber de su inspiración. La guaracha, el danzón, el bolero y el pasodoble adquirían dimensiones singulares en manos del llamado Flaco de oro.
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Pero no todo consistía en la música. También sus pasiones, su afán de enamorarse, su predilección por la bebida y el cigarro alcanzaron las cumbres de la leyenda. Y de todas esas Fuentes míticas y legendarias se alimentaron Guadalupe Loaeza y Pavel Granados para escribir un libro que amenaza con volverse un éxito de ventas: “Mi novia la tristeza” (Océano).
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Si el romanticismo es posible en México, esa tendencia artística tiene una expresión plena en Agustín Lara, un amante del sufrimiento, la obscuridad y la pena, un héroe sombrío.
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La nostalgia está de moda en México, definitivamente, así lo demuestran los libros que recientemente se han echado a circular acerca de personajes como Pedro Infante, Agustín Lara, y sucesos como la matanza del 68 y el avionazo del Cerro del Fraile.
La periodista Mexicana Guadalupe Loaeza es una de las plumas implicadas en la creación del libro “Mi novia la tristeza”, y suma esta experiencia a otras incursiones en el ámbito artístico mexicano, como fue el caso de su biografía imaginaria de Miroslava, que sería llevada al cine por Alejandro Pelayo y Vicente Leñero.
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Un elemento que no anota Guadalupe Loaeza en su libro es que Agustín Lara cuenta con cierta opacidad en relación con sus orígenes, ya que existen notas que ubican su nacimiento en el puerto de Veracruz, en tanto que para muchos nació en la ciudad de México. En todo caso, se puede decir que siendo un hombre tan creativo bien pudo nacer en los dos lados.

¿Y alguien cree que la

¿Y alguien cree que la Loaeza escribe de verdad? Su fama como patrona de ghost writers y como experta en copy-paste en internet es inmensa. Nada más ve el blog de Guillermo Sheridan en Letras Libres; allí se revela cómo esta señora sólo se dedica al plagio. Me extraña que siendo un lector puntual y exigente muerdas el anzuelo y le des a esta señora méritos que está muy lejos de merecer.

Que fregona la Loaeza al

Que fregona la Loaeza al escribir sobre Agustin Lara, sin haberlo leido se me antoja que ha de estar fregon.
Pero el credito (creo yo) no es solamente de ella, hay un fulano que no se como se llama que escuche en radio en una estacion alla de los chilangos creo 1310 a.m., que tambien colaboro en el libro junto con ella. Le hicieron una entrevista muy interesante y estuvo platicando sobre el libro y la vida de Agustin.
BYE.

Tienes razon, Dreamer, el

Tienes razon, Dreamer, el otro autor del libro se llama Pavel Granados y me parece un buen periodista. Anoche fui a la presentacion del libro. Tengo la idea de publicar manana aqui mismo la cronica del evento. A la presentacion acudieron Loaeza, Pavel y Jose Luis Cuevas.
Saludos