Criaturas encantadoras
Sábado, 5 Julio, 2008
La transición en Occidente de la mujer asesina a una entidad más compleja —como la homicida serial, por ejemplo— representó un proceso de emancipación con respecto a una presunta docilidad que las había confinado históricamente a las labores domésticas. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los periódicos de Inglaterra, que era la metrópolis universal, ya registraban en sus páginas episodios extraños de féminas asesinas, condenadas a muerte por sus actos atroces. Primero se trató de episodios de venganza y celos. Después apareció en el horizonte una criminal fría e insensible que hizo de la muerte una fuente de ganancias y de la taza envenenada su heraldo ominoso.
Antes de Jack el Destripador, las asesinas reiterativas tomaron la delantera. En 1884 —cuando faltaban cuatro años para que el más prominente de los viscerófilos atacara en Whitechappel—, Catherine Flanagan, de 55 años, y su hermana Margaret, de 41, fueron colgadas en la cárcel de Kirkdale, Liverpool, por el asesinato de Thomas Higgins, esposo de Catherine. Higgins murió el 2 de octubre de 1883, envenenado con arsénico obtenido de los papeles atrapamoscas.
En abril de 1881, Thomas Higgins decidió casarse con Catherine, una mujer que, se rumoraba, había enviudado por su propia elección. Thomas y la hija de éste, Mary, se mudaron a la casa de Flanagan, en Liverpool, donde, meses después llegaría a completar la familia la hermana de Catherine, Margaret, recientemente enviudada (también se dijo que más por designio que por accidente). No había transcurrido siquiera un mes de la aparición de Margaret cuando la hija de Thomas, de diez años, murió de una presunta disentería.
Las muertes de Thomas Higgins y de su hija despertaron las sospechas del hermano de Thomas, quien logró que los cuerpos fueran exhumados y analizados. La cantidad de arsénico en ambos cadáveres acusó a las hermanas Flanagan, dos mujeres que tenían en su pasado varios asesinatos y diversas pólizas de seguros en su favor. El juicio de las Flanagan, ocurrido un mes antes de la ejecución, fue todo un suceso que convocó a una gran multitud en las galerías públicas de la Corte.
Las otras
Pero así como los homicidas seriales tienen su contraparte femenina, los asesinos masivos también han encontrado su reflejo femenino.
En el terreno de los asesinatos de masas, las mujeres han dejado una profunda huella. El lunes 29 de enero de 1979, la joven de 17 años Brenda Spencer intentó acabar con la vida de los niños que acudían a una escuela frente a su casa. Hirió a ocho infantes y asesinó a dos adultos con un rifle que su padre le había regalado de cumpleaños. Dijo que los lunes no le gustaban y que intentaba animarse un poco, por eso disparó a los niños. El número de víctimas mortales no convierten a Brenda Spencer en una asesina masiva, aunque su conducta anunció la inminente llegada de una época aciaga e inédita.
El 20 de junio de 2001, Andrea Yates, de 36 años, en Houston, Texas, eligió la bañera para asesinar a sus cinco hijos. Uno por uno los niños fueron ahogados. Andrea declaró que sus hijos no estaban creciendo adecuadamente. Inicialmente fue condenada a muerte, aunque en julio de 2006 fue declarada no culpable por razones de insania y enviada a un sanatorio psiquiátrico.
La noción de las mujeres como sexo débil hace mucho fue desechada por obsoleta. La incorporación de la mujer fuerte, independiente, indómita e incluso violenta ahora encuentra su resonancia en personajes como Dominó, Lara Croft y Buffy, la cazavampiros. Pero, más allá de cualquier ficción, la asesina de masas ya no sólo circunscribe su actuación al núcleo familiar, ahora se ha incorporado al ámbito de los francotiradores amateurs (como Brenda Spencer) y de los militares (como Charles Whitman).
El 30 de octubre de 1985, en un centro comercial de Filadelfia, una mujer vestida de militar accionó su rifle semiautomático calibre .22 contra el público. Fueron cuatro minutos de furia y la primera víctima fue un niño de dos años. Ocho personas resultaron heridas y tres más fallecieron.
Sylvia Seegrist, de 25 años, siempre vestía ropa militar y, al igual que Charles Whitman, antes de tomar la decisión de perpetrar su masacre buscó ayuda de un especialista, quien por cierto no la atendió personalmente sino prefirió recetarla por teléfono, indicaciones que la mujer no tomó en cuenta. La interrogante persiste en torno a la facilidad con la que Seegrist adquirió un rifle calibre .22 en la tlapalería de la esquina. Pero más inquietante fue la justificación que dio la mujer en torno a lo sucedido: “Tengo problemas, mis padres me ponen nerviosa”.
jduran@milenio.com


