Los momios de Guanajuato

Sábado, 5 Julio, 2008

Las imágenes de torturadores y torturados que nos ha revelado la televisión, han puesto también en evidencia a un tipo de políticos indolentes y cínicos

Fue el poeta Luis Miguel Aguilar quien ante un grupo de amigos sugirió, con lucidez barnizada deliberadamente de extravagancia y humor negro (un mecanismo de autodefensa que en ocasiones la razón pone en marcha), la posibilidad de que las profusas imágenes de policías torturadores y torturados que hemos estado viendo en la televisión correspondan, realmente, a un performance. Y es que, de tan grotescas, uno puede llegar a creer que son meras representaciones sobreactuadas por los guardianes del orden, acaso con fines (efectivamente) didácticos: quizás (deseamos suponer) sí están siendo instruidos, pero en el arte de fingir, de exagerar con propósitos catárticos el dolor.

Pero no es así. Ya todos hemos sido obligados a asumir que los golpes y humillaciones que son capaces de recibir y propinar con igual brutalidad los policías de Guanajuato, son tan reales como las declaraciones que balbucea el alcalde panista de León, Vicente Guerrero (sic) Reynoso, cuando es cuestionado por los medios y las justificaciones que aporta el gobernador de la entidad para explicar este siniestro episodio. Tan reales, también, como el vergonzoso silencio de muchos de los dirigentes panistas y tan ciertas como las patrañas expuestas por algunos jefes policiacos del estado que alegan que el tortuoso entrenamiento tiene como objetivo preparar a los policías para hacer frente a “situaciones extremas” (por ejemplo, cómo saltarle encima a un prisionero que yace inerme en una camioneta).

Montaigne, quien aborrecía la crueldad “por naturaleza y por juicio, como el súmmum de todos los vicios”, también creía que “las primeras crueldades se ejercen por sí mismas; de ahí se engendra el temor a una justa venganza, que produce después una cadena de nuevas crueldades para sofocar unas por medio de otras”. Y el pensador ejemplificaba con el caso de Filipo, rey de Macedonia, quien “turbado por el horror de los asesinatos cometidos por orden suya, no podía decidirse contra tantas familias atacadas en distintos momentos. Así pues, por apoderarse de todos los hijos de aquellos a los que había hecho matar, para irlos haciendo desaparecer día a día, uno tras otro, y fijar así su reposo.”

Todo el país está sembrado de muertes violentas que cada vez superan en crueldad a las anteriores. ¿Deben hacer frente los cuerpos policiacos a este hecho enseñando a sus miembros a ser torturados y, consecuentemente, a torturar? Si los sesudos asesores en seguridad de estados como Guanajuato lo creen y lo han hecho creer a las autoridades de ese estado, lo único que han estado generando es el principio (o continuación, como se quiera) de una espiral de horrores. En ella estamos y vemos a diario cómo se eleva hasta el punto de parecer generosa cualquier tipo de muerte inmediata, expedita, toda vez que la fascinación criminal por los suplicios va en aumento y, me temo, en todos los bandos.

“Todo lo que va más allá de la simple muerte –dice, de nuevo, Montaigne– me parece pura crueldad. Nuestra justicia no puede esperar que si a alguien no le guarda de cometer un delito el temor de morir y de sufrir decapitación u horca, se lo impida imaginar un fuego lánguido, o las tenazas o la rueda” (procedimientos e instrumentos que han sido ampliamente superados por los enfermos “científicos” de la tortura).

El campo de prisioneros de Abu Ghraib, en Irak, está a miles de kilómetros de Léon, Guanajuato, pero guarda una preocupante cercanía con esta población y todas aquellas donde un ser humano puede ser torturado y reducidos a menos que nada sus derechos más elementales.

Y sólo hay algo peor que todas estas atrocidades: la indiferencia o, peor, la resignación frente a la barbarie. Y claro, también está la complicidad de políticos como los que gobiernan Guanajuato, para los cuales todo está permitido en nombre de lo que ellos entienden por seguridad y “la lucha contra el crimen”. Porque viendo las salvajadas que todos hemos visto, el colmo ha sido tener que escuchar al alcalde de León torturarnos (las modalidades de la tortura son infinitas) con su cinismo y estolidez, y al señor gobernador protegerlo como si se tratara de un funcionario ejemplar. Son los auténticos momios de Guanajuato.

El silencio indolente de muchos panistas frente a estos graves hechos no hace sino confirmar que los vicios y perversiones del poder que tanto dicen preocuparles son moneda corriente también en las filas de su partido. Y podrán defender al gobierno de Guanajuato, pero no podrán evitar que la gente tome nota de su capacidad para los más grotescos performances.

arijimenez@milenio.com