Relevos a mitad de río

Sábado, 5 Julio, 2008

En 1996, Mariano López Mercado dejó la alcaldía de Torreón entre tormentas y malos augurios.

Al PRI no le ha resultado buen negocio retirar a alcaldes en problemas para salvar la siguiente elección, al menos en Saltillo y Torreón.

Acaso porque la sociedad se las huele y le disgusta que se alteren los tiempos constitucionales o porque las estrategias de relevo han sido inadecuadas.

En la capital, el último presidente municipal defenestrado fue Eleazar Galindo, en el gobierno de Eliseo Mendoza.

Mario Eulalio Gutiérrez llegó cuando el daño político ya estaba consumado y era imposible revertir una tendencia electoral desfavorable.

Rosendo Villarreal se convirtió en el primer alcalde no priistas de Saltillo, en 1990, por un margen de cuatrocientos, quinientos votos que López Obrador no habría dudado en impugnar.

El panista enfrentó a un casi mítico Abraham Cepeda, cuya falta de trabajo le impidió conseguir su sueño de ser presidente.

Entre veras y bromas se decía que mientras el cachorro hacía campaña en el Campestre y en el Casino, Rosendo amanecía en los cruceros, saludaba a obreros y sembraba votos.

En 1996, Mariano López Mercado dejó la alcaldía de Torreón entre tormentas y malos augurios.

Sus relaciones con Rogelio Montemayor fueron de mal en peor; en parte, por la aversión de los tecnócratas hacia los políticos de antaño.

Salvador Jalife, el elegido para terminar el período, tampoco pudo detener lo inevitable.

El PAN se instaló en el ayuntamiento, con Jorge Zermeño como presidente, para iniciar una corriente política que todavía hoy aspira a gobernar el estado. Con el embajador en España o con Guillermo Anaya.

Después de ganar la alcaldía en la elección inmediata a su primera candidatura, Salomón Juan Marcos Issa dejó el cargo para aceptar una modesta diputación local, cuando el escalafón había funcionado siempre en sentido opuesto.

El resultado en las urnas se tradujo en una nueva derrota para el PRI, esta vez a manos de Anaya, quien logró lo que Zermeño no pudo:

entregarle el cargo a un miembro de su partido, aunque no de su equipo:

José Ángel Pérez.

Hoy se habla de que el alcalde de Saltillo, Fernando de las Fuentes, podría separarse para participar como candidato a diputado en las elecciones de otoño próximo.

¿Premio o castigo? A primera vista, lo primero.

No por otra cosa sino por el desprestigio de nuestros congresos. Además, De las Fuentes ya fue legislador.

Otra pregunta es: ¿en tal caso, ganaría? Si uno se atiene a encuestas recientes —sobre todo las difundidas luego de que se anunció que la Auditoría Superior de la Federación revisaría algunas cuentas municipales—, sí. Pero siempre cambiar de jinete en mitad del río es riesgoso y se presta a suspicacias.

Esperemos, pues, el desenlace de esta serie.

Más ahora que al PAN le entró la prisa por meterse a la competencia por el Congreso, y lo ha hecho con estridencia, con mucho ruido y pocas nueces.

En el caso del DVR no se diga, aunque Acción Nacional también era gobierno, con Anaya, justamente, cuando se terminó el adefesio.

gerardo.espacio4@gmail.com

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