Reportaje:

En la sierra, hasta por una simple tos se puede morir

En informes oficiales la tuberculosis está erradicada; sin embargo, 55 rarámuris contrajeron esa enfermedad el año pasado y nueve murieron.

Una tos leve que hacía pensar en un resfriado acababa por matar a los pocos días a los niños y adultos desnutridos recién llegados a la modesta clínica de Norogachi.

Cuando Juanita Sotelo tenía 15 años vio de manera rutinaria cómo se murieron de tuberculosis decenas de rarámuris, a los que ayudaba a cuidar durante sus últimos días de vida.

En la mente de Juanita, aquella imagen de su adolescencia no es un recuerdo de un pasado desaparecido, por el contrario, es una cuestión de la realidad cotidiana que se vive habitualmente en la sierra Tarahumara.

Hoy que tiene 38 años, mientras la camioneta conducida por la bióloga Mariel Ramírez trepa serranías en cámara lenta, Juanita Sotelo relata que sigue enterándose con regularidad de las muertes que hay a causa de esta enfermedad, erradicada de un plumazo en los informes oficiales de riesgo sanitario que se elaboran en la Ciudad de México.

“Apenas supe que hace unos días llegaron 15 niños hechos huesitos a la clínica San Carlos y que les están dando pastillas para que no se mueran”, cuenta.

Además de trabajar “con las monjitas en la clínica”, Juanita Sotelo trabajó desde los 11 años en una casa en el municipio de Parral y como mesera en El Paradero, un restaurante del pueblo de Creel, cooptado cada día más por la industria del turismo.

“A los 20 años me casé con mi novio Lalo. Teníamos muchos años como novios y un día nos pusimos de acuerdo y nos robamos. Y hace unos años empecé a ayudar otra vez porque siento mi corazón grande cuando lo hago”, sigue platicando.

Mientras ella visita comunidades alejadas, su esposo —inspirado y solidarizado con ella— hace lo mismo como chofer de un grupo de estudiantes de nutriología de la Universidad Iberoamericana que han venido a hacer su servicio social durante un mes, recorriendo diversas rancherías rarámuris.

De ser una de las más activas promotoras de la diócesis de la Tarahumara, Juanita Sotelo pasó a ser hace unos meses la directora del DIF del municipio de Guachochi, uno de los más grandes de la sierra, donde el año pasado el gobierno estatal tuvo que reconocer la existencia de una zona epidémica de tuberculosis.

El año pasado 55 casos de esta enfermedad pulmonar, para la cual existen vacunas, fueron detectados por funcionarios del gobierno en ciertas comunidades de la región. Sin embargo, la cantidad podría ser mucho mayor, ante el limitado alcance que tiene el brazo del Estado en la Tarahumara.

“En muchas comunidades de la Tarahumara la presencia oficial es nula. Hay comunidades enteras desnutridas donde no hay ni Oportunidades ni Seguro Popular ni ningún otro programa gubernamental”, dice Adriana de la Peza, coordinadora de la Fundación Tarahumara José A. Llaguno, quien labora desde hace tres años por estas tierras y que viaja ahora junto con Juanita Sotelo y la bióloga Mariel Ramírez.

En las cifras oficiales proporcionadas por los servicios estatales de salud, se revela que nueve de las 55 personas afectadas de tuberculosis murieron. “Este triste panorama en la sierra Tarahumara indica que las instituciones de los tres niveles de gobierno estamos fallando en el trabajo”, declaró resignado hace unos días en la prensa local, David Lomelí, director del Centro de Salud y funcionario de epidemiología en los servicios estatales de salud de Chihuahua.

Las opiniones del doctor y funcionario Lomelí no provocaron ninguna reacción extraordinaria en este estado del norte del país que gobierna desde hace más de 80 años el PRI y que en estos días se encuentra sumido en una espiral de violencia por el narcotráfico, la cual oculta la crítica realidad que se vive en la Tarahumara, donde la crisis por la escasez de granos hace que la vida se convierta en un asunto cada vez más difícil de sobrellevar.

Desde hace algunos años, cuentan voluntarios que vienen de otros lados del país a ayudar en la región, la muerte trágica de los rarámuris por hambre y por enfermedades curables, no parece llamar la atención oficial. “Eso (las muertes por tuberculosis y por hambre) es por los usos y costumbres de ellos”, le respondió sentado en su escritorio, un funcionario de la Secretaría de Salud en el Distrito Federal, a un joven médico que acudió a pedirle que enviara urgentemente una brigada de ayuda sanitaria a la zona.

Así, ante la ausencia oficial y el aumento de los casos de tuberculosis que se percibe en algunas clínicas de la región como la de San Carlos, las historias de indígenas rarámuris salvados de morir, también se vuelven algo habitual. Juanita Sotelo recuerda la manera en que ella y otros promotores lograron salvar a cuatro niños que estaban muriéndose de hambre en la comunidad de Basigochi de las Palmas, que es a la que se dirige esta camioneta que dribla tallos fornidos y arbustos que salen durante el trayecto por el camino agreste y enredoso.

“Vimos cuatro niños que estaban muy mal. Enfermos de diarrea, todos desnutridos. Uno de un año, otro de tres años, otro de nueve meses y uno más de ocho meses. Les dijimos que teníamos que llevarlos a Guachochi para que los atendieran en el centro de salud, pero la mamá de uno de ellos no quería ir. ‘¿A qué voy a ir, a que lo maten y a que me maten a mi también?’, nos decía. Entonces tuvimos que convencerla y nos los llevamos y se salvaron apenitas”, cuenta.

—¿Y los médicos de la comunidad no se habían dado cuenta de que los niños estaban desnutridos?

—¡Nooo! (Una ligera sonrisa)… La brigada médica llega aquí cada mes.

Cuando Juanita Sotelo y otros indígenas de la región hablan de una brigada médica, no se refieren a lo que pedía el joven médico allá en la Ciudad de México, para atender la situación de los rarámuris. Hablar de una “brigada médica” en la Tarahumara no es hablar de un grupo de médicos desplazándose hasta alguna inaccesible comunidad, a bordo de ambulancias o vehículos de trabajo médico. No, en la Tarahumara, cuando se habla de una brigada médica, se está hablando de un médico que a bordo de una vieja camioneta pick up hace su pasantía con los indígenas, visitándolos durante algunas horas, una vez al mes. Unas horas nada más. El tiempo suficiente para constatar el lento fallecimiento de grupos enteros de personas que parecen no importarle a nadie. O a casi nadie.

Diego Enrique Osorno