Alquimistas del siglo XXI

Una idea tradicional dice que herencia es destino. En otras palabras, una predisposición genética pasada de un padre a su hijo condena a este último a pagar la factura siendo más susceptible a una enfermedad. Después de todo, los genes mandan, ¿o no?

En condiciones normales, parece que la idea es correcta: los genes determinan mucho de cómo nos irá en la vida.

Pero un equipo de Harvard acaba de demostrar nuevamente el poder de la ciencia.

Desde hace muchos años, los científicos han tratado de reparar problemas del cuerpo usando células madre embrionarias, a las que podríamos ver como células que aún no deciden su vocación, pero que con los estímulos adecuados pueden convertirse en cualquiera de los más de 200 tipos de células que cargamos en nuestro esqueleto.

Pero esta ha sido una vía complicada, pues para producir células madre solía ser necesario crear embriones humanos para obtenerlas, y luego destruir los embriones, algo muy objetado por numerosos grupos defensores de la vida y por muchos investigadores seguros de que debe haber una forma mejor de lograr el mismo objetivo.

El año pasado, el equipo de Shinya Yamanaka en la Universidad de Tokio logró producir células madre embrionarias a partir de células de la piel, efectivamente transformando células de un tipo en células de otro. Tariq Enver, de Oxford, logró algo parecido convirtiendo glóbulos blanco en rojos. Trabajos así demostraron que las células pueden ser reprogramadas.

Ahora, el equipo de Doug Melton, en Harvard, transformó células exocrinas del páncreas en células beta. Las primeras producen enzimas que ayudan a la digestión; las segundas producen insulina para regular la concentración de azúcar en la sangre.

Esta alquímica conversión se hizo en directo. Los expertos de Melton buscaron genes codificadores de factores de transcripción, responsables de decir a las células en qué se conviertan, y hallaron nueve críticos para el desarrollo de células beta. Insertaron los genes en otros tantos virus y los inyectaron en el páncreas de ratones de laboratorio. Algunas de las células exocrinas siguieron las órdenes de estos genes y se reprogramaron para trabajar como células beta, y empezaron a producir insulina. ¡Las posibilidades son inmensas!

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Tania