La fiebre de la sierra sur de Oaxaca

San Agustín Loxicha, Oaxaca.- Aplastado por el cansancio, Irineo yacía bajo la lluvia, adormecido y sumido en el silencio. Fiebre, escalofríos y sudores le recorrían el cuerpo. Vivir en las montañas sureñas de la región Loxicha casi siempre significa vegetar, ser víctima del hambre, de la pobreza y del desamparo. Aquí la miseria mata, y con crueldad, lentamente.

La malaria, un mal erradicado en la mayor parte del mundo llamado desarrollado, es en Los Loxicha, como en varios países de África y en Haití, algo común, actual. Hermenegildo García, técnico en medicina del gobierno, lleva 28 años atendiendo estos casos de paludismo –como también se le conoce a la malaria- a lo largo de la Oaxaca humilde. O sea toda la que no está en San Felipe del Agua, donde viven los gobernantes y la mayoría de los políticos.

A bordo de la camioneta del brigadista médico van quedando atrás Piedra Virgen y La Sirena, dos de la veintena de comunidades de difícil acceso que hay en esta región marcada también por la rebelión y la represión. Sus caminos imposibles, enlodados por el actual chubasco de junio, apenas pueden ser recorridos con la doble tracción de vehículos como el de Hermenegildo. A pie o en mula, las distancias entre un sitio y otro se tienen que medir en largos días.

La radio de la camioneta es muda en esta tierra abandonada. Muda incluso de interferencia de un extremo a otro del radial. Los Duendes de San Agustín Loxicha, un grupo tropical de la región, suenan en un CD con canciones como “Triste Realidad”, que invoca sutilmente al alzamiento del Ejército Popular Revolucionario en 1996 y a la llegada a estos rumbos, de miles de soldados y policías judiciales en los días siguientes a los ataques guerrilleros a Huatulco. En corridos como estos, cantados en clave, las historias se transmiten y las verdades se omiten.

“Nosotros sabemos que aquí se dice que andan (soldados y guerrilleros), pero no nos metemos en eso. Ellos nos respetan y nosotros a ellos. Nosotros hacemos nuestro trabajo y ya. Ya tenemos suficientes problemas”, cuenta Hermenegildo, quien es el jefe de la brigada de salud que llegó el pasado viernes a atender los centenares de casos de malaria que hay en la región. Y así es, este brigadista y sus compañeros tienen suficientes responsabilidades en qué entretenerse. Por estos rumbos pasarán 20 días y noches conociendo de fiebres, escalofríos y sudores de indígenas niños, de indígenas embarazadas, de indígenas adultos a los que la malaria tumba de agotamiento. Se pasarán conociendo la fiebre, el escalofrío y el sudor que desde hace tiempo padece la sierra sur de Oaxaca.

Y luego de esos veinte días viajando por Los Loxicha, Hermenegildo volverá a la ciudad de Oaxaca, que queda a unas 7 horas de estas comunidades, por donde ahora anda en su camioneta, limpiando el interior del parabrisas que se empaña con la lluvia incesante. “Ya llevo 28 años atendiendo estos casos. Y parece que no van a terminar nunca. Paso muchos días lejos de mi familia. Es muy pesado andar de aquí para allá, pero bueno, lo que vive uno no se compara con la pobreza y el hambre que hay en estas comunidades”, cuenta, mientras se toca su bigote negro y espeso.
“Yo esperaba jubilarme en dos años, pero ahora con la reforma del ISSTE que hicieron ya no voy a poder descansar. Ya me había hecho a la idea. Ahora con la reforma tengo que trabajar otros 7 años más. Imagine usted”, dice y el vehículo brinca al pasar encima de un borde de lodo.

Adelante de la comunidad de La Sirena queda un riachuelo del mismo nombre donde se puede conocer a la pujante industria de esta región: Con las manos y en unas carretillas oxidadas, niños indígenas flacos y descalzos se arremolinan alrededor de montículos de grava y arena que después vendrá a recoger un camión.
Después del cruce del río está la desviación a Santa Cruz Loxicha, un pequeño poblado donde comenzó la represión el 25 de octubre de 1996, cuando 600 soldados y policías lo tomaron bajo su control, para capturar a los regidores y el presidente municipal que ahí vivía, acusados todos de pertenecer al EPR, y encarcelados la mayoría de ellos aún, en el Penal de Santa María Ixcotel, después de peregrinar por diversas cárceles del país, incluyendo el Penal de Almoloya, hoy nombrado La Palma.

Ya entrando a la cabecera de San Agustín Loxicha, una jirafa da la bienvenida a los visitantes. Se trata de uno de los más de veinte botes de basura que adquirió el nuevo gobierno municipal del PRI, para beneficio de sus gobernados. En medio de un horizonte inconmensurable, la administración de este municipio indígena adquirió tambos de basura de plástico color azul, que llevan como tapa, además de la figura de la jirafa juguetona, un águila desafiante, un camello perspicaz, el odioso Pato Donald, el inefable Oso Yogui y otros animalitos divertidos. Por un momento parece que no se está arribando a uno de los pueblos más pobres del país, si no a un centro de diversiones o a un zoológico.
Pero no todo es tan descabelladamente “divertido” en la cabecera de San Agustín Loxicha. La presencia de soldados es constante desde hace una década, y en las últimas semanas se ha incrementado a través de cuatro bases y un retén permanente en Miahutalán, la puerta de entrada a la sierra sur. “Es por la lo del maíz y de fríjol. El pueblo se está molestando mucho con tanto aumento”, comenta uno de los empleados municipales priistas.

El secretario del Ayuntamiento de San Agustín Loxicha, Guillermo Ruiz Santiago, interrumpe su partido de básquetbol, para hablar al respecto. “No, eso no es cierto. La gente no ha reclamado por la escasez del maíz y del fríjol”, dice, para soltar segundos después: “No ha reclamado… todavía”.
Y minutos después concluye con la charla vigilada desde afuera de la oficina por una decena de soldados sentados en una hummer.
Hermenegildo García, el brigadista contra la malaria, continúa mientras tanto su recorrido por Los Loxicha. La fiebre de la sierra sur de Oaxaca no se va a acabar pronto.

Aplastado por el cansancio, Irineo yacía bajo la lluvia, adormecido y sumido en el silencio. Fiebre, escalofríos y sudores le recorrían el cuerpo. Vivir en las montañas sureñas de la región Loxicha casi siempre significa vegetar, ser víctima de la pobreza y del desamparo. Aquí la miseria mata, y con crueldad, lentamente.

diego.osorno@gmail.com

Escalofriantemente planteado

Escalofriantemente planteado un angulo de la realidad,
pero de poco sirve si no buscamos solucion............

¿QUE SOLUCIONES SE PROPONEN?

Historias como la que

Historias como la que narras, son solo el reflejo de los malos manejos históricos que ha tenido no sólo el poder federal, sino los poderes locales... tierras tan ricas en tradición histórica y cultura propia; se ven disminuidos solo por la pobreza.

Sacrificios de unos cuantos hombres son los que mantienen a esta personas a un en el mapa; sin respetar que prácticamente sus orígenes dibujaron el mapa que nosotros disfrutamos.

Suerte en el norte del país... la pobreza nos rodea... tenemos que seguir para enocntrar el inicio.

Suerte.