Reportaje: La vida entre las tumbas

Sepulturero, oficio mal pagado en vías de desaparecer

Los bajos salarios y la negativa del Gobierno del Distrito Federal por reponer la pérdida de plazas por jubilación o muerte obligan a los enterradores, que en su mayoría rebasan los 60 años, a trabajar jornadas de hasta 15 horas diarias.

Lejos de leyendas macabras, de lamentos, mujeres misteriosas vestidas de blanco y almas que abandonan sus tumbas cuando sale la luna, los sepultureros, o centinelas del más allá, pasan los peores sustos, pero con los vivos, aquellos obsesionados con sus familiares que murieron. Pero todo pasa, hasta el dolor, y es que después de un año, los dolientes ya no vuelven.

“En una ocasión sentí terror al ver que entre las flores de una tumba recién ocupada había movimiento. Me acerqué con mi compañero, con mucho temor, la piel se nos puso chinita; cual fue nuestra sorpresa al descubrir que no era un fantasma, sino el novio trastornado de la muertita tratando de desenterrar a la amada”, relata Norberto Vizcarra, sepulturero desde hace 40 años en el panteón San Nicolás Tolentino.

El anciano aseguró que los ruidos extraños no son más que la mala conciencia o los nervios de los vivos, porque en los panteones hay tranquilidad y paz espiritual.

“A nosotros ya no nos dan miedo esos casos, nos hemos acostumbrado al dolor de los vivos frente a la muerte, a su suma tristeza que desaparece, por lo regular, al paso de un año”.

Norberto Vizcarra también trabajó durante diez años en el panteón Dolores, fundado en 1875; ahí reposan los restos de 110 artistas, hombres de letras, de la política y el Ejército, en la llamada Rotonda de las Personas Ilustres, como el muralista Diego Rivera y la actriz Dolores del Río, Agustín Lara, los muralistas David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, los escritores Alfonso Reyes y Rosario Castellanos, y el revolucionario Ricardo Flores Magón.

Las tumbas no son lúgubres, están rodeadas de bosques floreados, de rotondas monumentales y lujosas que contrastan con la zona del cementerio, donde “hay muchas fosas abandonadas”, narra.

La gente acude a escuchar historias de fantasmas, entre ellas, la de la estatua del soldado que cuida los restos del ex presidente Venustiano Carranza (1917-1920), que espantaba a los vigilantes con su mosquetón y que en alguna ocasión, se dice, amaneció derribada.

En la Ciudad de México hay un centenar de panteones donde circulan todo tipo de historias fantásticas que provocan la risa de los sepultureros, como la que asegura que las almas en pena transitan en forma etérea con figura de mujer, o el clásico que arrastra cadenas, y también los supuestos casos de profanación.

“Hay temporadas en las que se meten a robar diversos materiales, como adornos, angelitos, floreros, cruces, incluso, cuando el aluminio subió de precio, todas las puertas se las llevaron, y fue imposible detectar ese robo por la falta de personal”, explica Fernando González, dirigente de la sección 7 de Panteones, Gobierno y Trabajo y Previsión Social del Sindicato Único de Trabajadores del Gobierno del Distrito Federal.

La ruda realidad del panteonero

50 por ciento de los trabajadores que laboran en los panteones de la ciudad rebasan los 60 y 70 años de edad, y ninguno desea jubilarse o abandonar su puesto, a pesar del cansancio, porque eso significaría el congelamiento inmediato de las plazas por parte del Gobierno del Distrito Federal.

Un panteonero carece de un horario establecido los 365 días del año, gana en promedio mil 300 pesos mensuales, labora bajo los rayos del sol o la lluvia y hace el trabajo que antes hacían tres personas.

“Las condiciones son complicadas, trabajan todos los días del año; llueva o truene, los compañeros trabajan más del tiempo debido, porque la muerte no espera ni tiene horario, y para no tener enfrentamiento con los deudos aceptan quedarse el tiempo necesario y aunque sus jornadas son de ocho horas, trabajan más de 15”, refiere el dirigente sindical Fernando González.

Lo lamentable, dijo, es que el gobierno local se niega a entregar las plazas que se desocupan por jubilación y muerte a los familiares directos, a pesar de que esto está estipulado en las sus condiciones generales de trabajo.

Por esa situación, en panteones como el de San Nicolás Tolentino, sólo trabajan 60 empleados de base, cuando hace una década había cerca de 200, y lo mismo sucede en el centenar de cementerios administrados por el GDF.

El panteón San Nicolás Tolentino, añade, significa una fuente de trabajo para 800 familias, sin embargo, la mayoría de quienes laboran son auxiliares, gente que vive de las propinas por acarrear agua, limpiar las tumbas, ayudar a las inhumaciones y exhumaciones, aunque muchas veces se van con las manos vacías.

“En los 100 panteones se ha perdido 80 por ciento de las plazas, por lo que ahora sólo laboran 400 basificados, de los cuales 250 son sepultureros”, mencionó, y por ello sostienen actualmente pláticas con las autoridades para descongelar las plazas.

Trinidad González, de 60 años, recordó que llegó a trabajar al panteón San Lorenzo Tezonco, cuando estaba vacío, en 1965.

Fue hasta 1969 cuando por una epidemia de gripe el cementerio casi se llenó, teniendo hasta 60 entierros diarios. A pesar de los años de servicio, en un día bueno, llega a ganar 50 pesos de propinas.

Su compañero, Florentino Cruz, de 66 años, se dice orgulloso de tener doctorado en panteonero, con estudios realizados en la “Universidad Héroes Caídos, San Nicolás Tolentino, campus Panteón Civil”.

Llegó a San Nicolás Tolentino a trabajar a los 10 años de edad, lleva 38 basificado, tiempo en el que aprendió a perder el miedo y el asco, “sobre todo en las exhumaciones, cuando los huesos todavía tienen carnita”.

Por una exhumación, que implicó quitar las lápidas y excavar la tierra hasta llegar a los restos del ataúd, retirarlos junto con los del difunto, la mayoría de las veces en pleno rayo de sol, la propina es de 30 pesos.

Cruz mira a los panteones como los lugares más solos del planeta. “La mayoría de las tumbas lucen abandonadas. La gente sólo acude el Día de Muertos, porque ya sabe usted que somos muy dados a llorarle al hueso, porque cuando vive la persona ni siquiera lo tratamos, aunque por lo regular el dolor les dura un año y en cuanto pasa el tiempo se van alejando”.

Blanca Valadez