Más grande, más oscura, más épica…

Sábado, 17 Mayo, 2008

Sigue la ola de estrenos de verano y ahora toca turno a El príncipe Caspian, segunda de la serie de Las crónicas de Narnia, y por lo mismo, una cinta que creó muchas expectativas cuando muchos nos preguntábamos si superaría a la primera. De entrada, diría que es diferente. Mientras la primera es mucho más emotiva, ésta es más espectacular.

En Narnia han pasado más de mil 300 años (en la cronología narniana) y la gloriosa época dorada tocó su fin tiempo atrás. El príncipe Caspian debe huir del castillo para salvar su vida, ya que su malvado tío el Lord Miraz ha asesinado a su padre y espera adueñarse del trono de Narnia. Caspian debe lograr ahora una alianza con los narnianos y con los chicos Pevensie para restaurar la paz y el orden en Narnia. Aquí lo primero que debemos tomar en cuenta es que la serie de novelas originales fue escrita por el autor anglo-irlandés C.S. Lewis entre 1939 y 1954 y especialmente para los niños, y esto permitió al autor crear un universo poblado por las más diversas criaturas y semejantes muchas de ellas, a las que podemos encontrar en diversas mitologías. El caso es que lo niños de hoy están acostumbrados –y a veces sedientos– a emociones más fuertes. Los realizadores de la película por tanto fueron un tanto más allá de lo que hizo Lewis en sus escritos. Es decir la violencia es más notoria e incluso los mismos niños Pevensie tendrán que tomar parte activa en la batalla y no quedarse meramente como espectadores. La cinta va creciendo de principio a fin tanto en situaciones como en espectacularidad pero siempre sin perder emociones que reconocemos como netamente humanas. En los niños, el colapso entre el mundo real y el de la fantasía y por tanto en la lucha que acarrea madurar, a dejar esa especie de Tierra de Nunca Jamás. En Caspian la aceptación de una vocación, un destino y una ubicación en el mundo que le corresponde pero que se tendrá que ganar a pulso. Ojalá y los papás que lleven a los pequeños comenten estos temas.

Como realización cinematográfica, El príncipe Caspian tiene un reto aún más colosal que vencer a los telmarinos, desafiar nuestra capacidad de asombro. Cuando las computadoras de hoy son capaces de poner frente a nuestros ojos cualquier cosa que podamos imaginar y que parezca real por más fantástica que sea, ya no es fácil que nos deslumbren y creo que esta vez lo lograron. La mezcla entre los efectos visuales, los especiales y las tomas reales hechas en estudio o locación y con personas ensamblan sutilmente en un solo universo. Como alguien que no ha leído las novelas me quedo con algunas dudas que no sé si en los libros encontrarían mejor explicación, como por ejemplo, quiénes son los famosos telmarinos, pero bueno, aquí lo importante es que son los villanos en esta lucha eterna entre el bien y mal que se repite ahora nuevamente.

Creo también que una de las grandes y muy favorables aportaciones de El príncipe Caspian es un reparto verdaderamente internacional y de altura. Esto tal vez sea una estrategia de mercadotecnia (muy válida) para atraer el interés de los públicos de los diferentes países donde se habrá de exhibir, pero sin duda esto enriquece grandemente la cinta y le da mayor credibilidad a los personajes. Mientras Hollywood le da tamaño, los europeos le dan clase, técnica y profundidad. Vaya, al fin la industria le empieza a perder el miedo a incorporar a figuras que sí den el tipo y no como en Troya, que perdónenme, pero jamás me tragaré a Brad Pitt como Aquiles.

Celebro la excelente labor del actor mexicano Damián Alcázar, a la altura de las grandes personalidades con quienes le tocó alternar. ¡Bravo! El príncipe Caspian no es necesariamente un hito en la historia del cine, pero sí un gran espectáculo, digno y muy entretenido.