Mochería y malos pensamientos

Sábado, 17 Mayo, 2008

Mientras los mochos del catolicismo se desviven por los ataques a la Iglesia y sus jerarcas, los mochos del nacionalismo se rasgan las vestiduras por la privatización de Pemex. Y es que entre ser mocho de izquierda o de derecha la única diferencia es lo que se defiende. Ambos parten del mismo criterio: una supuesta superioridad moral que les “autoriza” a tratar de imponer su visión a cualquier precio. El otro está, de entrada, descalificado porque es impuro e inmoral. Los que critican a la Iglesia son minorías que quieren destruirla; quienes están de acuerdo con la apertura en Pemex son los pocos perversos de siempre que quieren quedarse con el país. La similitud en la argumentación es impresionante.

En el Congreso de la Unión la discusión está centrada en definir qué es privatizador y qué no, hasta dónde no es pecado que la iniciativa privada meta mano y dónde se pierde la dignidad de la paraestatal. Llamamos a los “sumos sacerdotes” del nacionalismo para que nos digan qué se vale y qué está fuera de las normas de la religión de la patria. Si le cambiamos la palabra privatización por virginidad, Pemex por sexo y patria por Iglesia al discurso de los defensores del petróleo, nos vamos a espantar de la similitud argumentativa entre “la izquierda progresista” del siglo XXI y la liga de la defensa de la moral de los años 40. Más aún, entre las adelitas petroleras que andan por el país pidiendo que no se toque al petróleo y las Hijas de María que iban de aparador en aparador en el centro de Guadalajara pidiendo que no se vistiera a los maniquís con trajes de baño o calzones, la única diferencia es el objeto de la represión. Son los mismos argumentos porque el esquema mental es el mismo.

Por el otro lado tenemos a los defensores de los valores religiosos que exigen a la comisión de derechos humanos que no se injurie al cardenal, que confunden la creencia con el símbolo (porque en el fondo nuca hemos dejado de ser idólatras), pues consideran que cuestionar una obra o a un arzobispo es cuestionar la fe, y consideren ofensivo que se exija que se cumpla la ley, porque la leyes son para los mortales, no para las iglesias (en el entendido de que iglesia sólo hay una, las demás son pinches sectas). El que está en contra del donativo del gobierno del estado de Jalisco para la construcción de un santuario está en contra de la Iglesia. O el que cuestiona la protección de la Iglesia a un cura abusador y pederasta en Querétaro ataca la creencia. “Ya no hablen tanto del padrecito” pide la diócesis como si disminuyendo al sacerdote a “padrecito” se disminuyera la gravedad del delito.

Para los mochos del nacionalismo petrolero es más importante hacer exégesis de qué quiso decir el tata Pemex, Lázaro Cárdenas, en los documentos fundadores de la paraestatal petrolera que las necesidades actuales del país. La discusión sobre la reforma está fuera de foco. Nadie se pregunta qué modelo de administración del petróleo nos permite generar más riqueza y beneficiar a más mexicanos, sino si tal o cual medida traiciona el espíritu nacionalista. Es evidente que ante las malas experiencias de privatización, en las que los abusos y malos manejos fueron el común denominador, quedó satanizada cualquier posibilidad de discusión al respecto. Pero por qué la distribución privada en pipas nos parece aceptable y la distribución privada en ductos atenta contra la moral y las buenas costumbres de nacionalismo, no lo entiendo. Es tan extraño y teológico como la diferencia entre un pecado venial y un pecado capital. Tampoco entiendo por qué el PRI, que promovió la sociedad con una empresa transnacional de una refinería en Texas, considera que hacer eso mismo en México es inadmisible. Es una doble moral similar a la que pregona que los burdeles pueden estar del otro lado de la ciudad. En el castillo de la pureza no se admiten atentados al pudor nacionalista, pero fuera de los límites del país fornicamos con quien sea.

La reforma propuesta por el gobierno para Pemex nos puede gustar o no, podemos (y seguramente así es) estar de acuerdo con unas cosas y en absoluto desacuerdo con otras. Pero no es un asunto de moral pública. Estamos discutiendo principios y no soluciones. Lo mismo sucede con el tema de los donativos o las acusaciones a sacerdotes: son asuntos legales, no morales. El moralismo nos lleva a la mochería, sea de izquierda o de derecha y a lo mejor sirve para subir al cielo, sea el de la patria o el de Dante, pero definitivamente no sirve para pensar. La mochería provoca, literalmente, malos pensamientos.

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