De la boca

Sábado, 17 Mayo, 2008

Lo primero que se me vino a la mente al ver —que no leer ni conocer— el libro de Menchu Gutiérrez, Detrás de la boca (Siruela, 2008), fue el poema que justamente lleva por título La boca, de Miguel Hernández:

Boca que arrastra mi boca:

boca que me has arrastrado:

boca que vienes de lejos

a iluminarme de rayos.

Alba que das a mis noches

un resplandor rojo y blanco.

Boca poblada de bocas:

pájaro lleno de pájaros.

Canción que vuelve las alas

hacia arriba y hacia abajo.

Muerte reducida a besos,

a sed de morir despacio,

das a la grama sangrante

dos fúlgidos aletazos.

El labio de arriba el cielo

y la tierra el otro labio.

[…]

Muchos lectores lo recordarán porque lo popularizó el cantante español Joan Manuel Serrat. El poema era, como se ve, un precursor —a la vez que un seguidor, porque ¿quién puede decirse el primero que reparó en la boca?— del tema que nos ocupa: ese conjunto de cuya simpleza y complejidad nos habla el libro de Menchu.

Ya instalado en ese juego —muy de psicólogos que quieren descubrir las torceduras o rectitudes de la mente a partir de decir una palabra— se me vino a la cabeza la boca del gato de Cheshire de Alicia en el país de las maravillas, ésa que queda flotando en una rama porque es la última en desvanecerse una vez que el felino decide desaparecer. Y eso, si bien se piensa, no es extraño: la boca es lo primero y lo último: con ella inicia la vida y con ella la despedimos. Incluso los que no llegan a decir su última palabra confeccionan siempre una última expresión, una mueca en la que la boca es determinante (No obstante, la flotante boca de Cheshire dibuja una sonrisa. A uno de los personajes de que se vale Menchu para contarnos la historia de la boca, “la idea de sonreír, aún más, de reír, le produce una cadena de preguntas que su boca no es capaz de responder. La risa parece un reino tan lejano como incomprensible”).

Todo esto y más me ha sugerido el libro de Menchu apenas verlo, porque la boca es, todo el tiempo, una gran sugerencia. Pero en fin, para dejar toda especulación me adentré en el texto para descubrir que la prosa de Menchu es la adecuada para el tema, porque es flexible, quizás como unos labios que pronuncian con firmeza el tema o que apenas lo susurran. Ella lo ha escrito muy al comienzo: este es —dice— “un libro que se escribe con su propia boca”, y todo esto —digo yo— aunque esta boca sea múltiple: la de un prisionero que escribe con ella “como quien ha perdido la movilidad de sus pies y sus manos y escribe sosteniendo el lápiz entre los dientes”; la de un sacerdote azteca “que acerca a su cara un cuchillo de obsidiana, abre la boca y se practica un corte en la lengua”, “la del primer alimento y la primera experiencia con el sabor, el sabor de la leche materna que nunca más vuelve a nuestra boca y que, sin embargo, la marca de forma indeleble.”

A su modo, esta es una historia de la boca que Menchu Gutiérrez ha sabido preparar aprovechando las hondas raíces poéticas de su escritura y algunos toques ensayísticos de bellísima precisión. Por supuesto, hay también una trama, de sangre y sabores, de deseos y vehemencias, que sigue cada una de las pequeñas piezas —llamémosles comisuras— que componen esta obra labial.

Todo este gran periplo bucal es posible en tanto los diferentes personajes que ayudan a escribir este libro de la boca construyen a su modo una suerte de lengua total, la boca que explora con todos sus recursos físicos y todas sus aptitudes simbológicas un mundo cerrado y abierto, pequeño y universal a un tiempo. Es así que queda configurada una forma de conocimiento que se vale de historias contadas en muy diversos niveles: por momentos, Menchu inicia una suerte de fábula y en la página siguiente dispone toda una plataforma poética que la lleva a profundizar de otra manera en las infinitas posibilidades de la boca.

El resultado es un libro poblado de maravillas y hallazgos: una boca, como quiso su autora, que exhala las palabras más frescas y precisas para referirse a sí misma, pero que sobre todo nos abre los ojos a las otras muchas bocas que son convocadas en su lectura.

arijimenez@milenio.com