Miguel Ángel VargasMarca PersonalAntes de entrar a las filas de Milenio, trabajaba en el que llegó a considerar el empleo más tedioso del mundo. Ahí, a escondidas de sus múltiples jefes, pasaba sus interminables jornadas laborales leyendo toda clase de noticias políticas y económicas y, de vez en cuando, escribía algún artículo de opinión que le publicaba un diario de cuyo nombre no se quiere acordar. Y es que fue MILENIO Diario de Monterrey la empresa que le dio la oportunidad de hacer de su afición a comentar noticias, una profesión.
Es chilango de nacimiento, tijuanense por convicción, regiomontano por conveniencia y, ahora, uno más de los mexicanos en el exilio. Le gusta por igual el chicharrón en salsa verde, las cervezas oscuras, los malos chistes y las canciones de Andrés Calamaro.
En el Tecnológico de Monterrey estudió economía, pero la grilla siempre le ha apasionado más. Por eso, actualmente estudia Ciencias Políticas en la Universitat Pompeu Fabra en Barcelona, España, desde donde escribe estas líneas y espera ansioso sus comentarios.
Ricos y contentos
Hace tiempo ya habíamos tocado en este espacio el tema de la relación entre la felicidad y el nivel económico de las personas. En aquella ocasión hacíamos referencia al estudio denominado Indicadores Sociales 2006 de la OCDE en el que se podían encontrar algunos casos –como el de México– en los que el nivel promedio de satisfacción con la vida de los habitantes de un país no parecía ir de la mano con su nivel de desarrollo económico.
Economía y felicidad, dinero y satisfacción, dólares y sonrisas… Estudiar esta relación no es un asunto nuevo; la ciencia económica tiene ya mucho tiempo tratando de entender la relación entre estos dos conceptos. Como bien explica David Leonhardt en un artículo publicado recientemente en el New York Times, las primeras investigaciones empíricas al respecto las llevó a cabo el economista Richard Easterlin en 1974, donde encontró que el crecimiento económico no necesariamente conducía a mayores niveles de satisfacción: a esto se le llamó la Paradoja de Easterlin y su ejemplo más emblemático era el de Japón, país que, pese a crecer a un ritmo vertiginoso en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, no conseguía lograr que sus ciudadanos estuvieran más satisfechos con sus vidas. Los japoneses dejaron la pobreza, pero se quedaron con la amargura.
Pero más de tres décadas han pasado, y, por su puesto, ya hay mucha más información disponible para tratar de probar si la mencionada teoría todavía se sostiene. Así lo hicieron Betsey Stevenson y Justin Wolfers, de la Universidad de Pennsylvania, y publicaron en Brookings Institution un artículo (que se puede consultar en http://bpp.wharton.upenn.edu/betseys/papers/Happiness.pdf) donde concluyen que el ingreso sí importa, que los países con más altos niveles de satisfacción sí son los más ricos. De igual manera, hacia dentro de un país, los grupos de mayores ingresos son los que más felices se sienten.
En verdad resulta increíble que alguien creyera en la mentada Paradoja de Easterlin. ¿Qué significa para un japonés que gana 40 mil dólares al año no ser feliz o no estar satisfecho con su vida? ¿Significará lo mismo que para un zimbabuense que no tiene nada más que su coraje para escapar de la feroz dictadura de Robert Mugrabe, esa que tiene a su economía con una tasa de inflación de 150 mil por ciento? ¿Significará lo mismo para un habitante de la Sierra Tarahumara que cada año está, literalmente, cerca de morirse de frío? ¿Significará lo mismo que para un vietnamita que trabaja 15 horas al día en una línea de ensamble y que sólo le alcanza para sobrevivir pero no para vivir? ¿Realmente alguien cree que un semejante puede sentirse satisfecho con la vida cuando nunca se ha sentido satisfecho al alimentarse? ¿Alguien considera que unos cuantos dólares más para comprar alimentos o medicinas no le incrementaría su nivel de satisfacción?
Qué ilusos. Quizás muchos seguirán creyendo que en la vida no todo se trata de dinero, que el dinero no trae la felicidad. Para el sentimiento popular no está mal esta creencia, pero en el caso de respetables académicos que por décadas –desde la comodidad de sus escritorios donde reciben sus suficientes nóminas mensuales– anduvieron con el cuento de que el ingreso y la felicidad no están relacionados, parece hasta un insulto y una verdadera aberración sobre el estudio y entendimiento de la pobreza.
Digan lo que digan, muy pocos podrán negar que el dinero permite pagar mejores servicios de salud, comprar los alimentos necesarios para estar bien nutrido, equipar adecuadamente el hogar ante las inclemencias del clima, alcanzar niveles más altos de educación, gozar de más tiempo de entretenimiento, de descanso, de convivencia con los seres queridos… Sí, que sigan diciendo que el dinero no compra la felicidad; pero, ¡ah!, ¡cómo ayuda! ¡Cómo ayuda a hacer llevadera la vida en este mundo!




A mi me parece sumamente
A mi me parece sumamente utópico, poco racional, pensar que el dinero no influye en la felicidad de las personas.
Tan sólo dos puntos básicos dependen de él: alimentación y salud, y si ninguno de esos dos está bien cubierto, como dices, dudo en verdad que alguien pueda considerarse feliz.. Aún y cuando esté repleto de esas cosas que "no cuestan y nos hacen felices", como dicen en el otro comentario.
saludos miguel. en este
saludos miguel.
en este mundo la felicidad de algunos o de muchos tiene que ver con el dinero pero para algunas personas la felicidad la miden de distinta manera por ejemplo, para los que vivimos en las grandes ciudades es una manera de satisfacer muchas de nuestras necesidades ya que aqui tenemos que tener dinero para sobrevivir y tener los servicios alos que estamos acostumbrados, pero ni trabajando todos los dias las 24 hrs alcanzamos a ser felices ya que siempre van aumentando nuestras necesidades tenemos que pagar luz, telefono, cable, internet, desayunos, comidas,cenas, fiestas, tragos, gas, luz, casa, predial, agua, y haci entre mas ganemos mas sevicios queremos y es cuento de nunca acabar y en muchas zonas de nuestro pais donde viven en casas humildes, sin servicios son felices a su manera con una tele a medio comer, pero solo se preocupan por eso si estan enfermos se las arreglan con lo que tienen, son feliceses si estan sanos y aunque no tengan otra cosa, lo que pasa es que nosotros estamos acostumbrados a consumir todo lo que creemos nos hara felices, pero como dicen casi todas las cosas con lo que puede ser uno feliz son gratis, lo importante es buscarlas y mantenerlas, salud, amor, unidad= felicidad + dinero= felicidad con servicios, te envio un saludo.