Reconocer la diferencia

A los neandertales les ha ido mal en sus relaciones públicas con nosotros. Y esto no es nuevo. La mala fama empezó con el mismísimo paleontólogo francés Marcellin Boule, quien reconstruyó un esqueleto inclinado hacia adelante, simiesco, brutal... sin darse cuenta de que perteneció a un sujeto de 40 a 50 años que padecía cifosis, el equivalente a una severa artritis en mandíbula, piernas y espina dorsal.

Cuestiones chileras

Decía mi hermano Humberto que el mundo se divide entre quienes aman la mostaza y quienes la aborrecen. Es cierto, pero en el caso de México, una diferencia aún más peculiar es la que existe entre quienes no soportan el chile y quienes no pueden comer sin disfrutar de una buena salsa.

En particular a mí me gustan las salsas picosas, de esas que ponen a sudar la coronilla y el bozo, y que hacen al testigo ocurrente desearle a uno que todo salga bien.

Mantequilla prehistórica

La leche es uno de los productos por los que sentimos más apego. No es de extrañar. Como mamíferos, dependemos de ella para los primeros años de nuestra vida, y más adelante la disfrutamos en forma de productos derivados como mantequilla, queso, yogur y otros productos lácteos.

No todos experimentan los beneficios de la lactancia materna. Para esos infortunados, el sustituto más común ha sido la leche de vaca, debidamente procesada.

Arquímedes y el mecanismo

Hace décadas, los humanistas solían decir que si los griegos destacaron como filósofos y políticos, si inventaron el pensamiento racional sobre la naturaleza, fueron en cambio muy maletas para la parte práctica (techné), que desdeñaban como propia de gente baja y corriente.

Los años han demostrado que aquellos juicios eran injustos y precipitados. Y hoy Nature presenta el ejemplo más formidable de lo que eran capaces de hacer aquellos hombres de hace 21 siglos.

El árbol de los dinosaurios

Stephen Jay Gould, mi gurú de la divulgación, resumió una vez en tres palabras el atractivo que tienen los dinosaurios: “grandes, fieros, extintos”. Es cierto. Después de ver en persona el tamaño de un tiranosaurio (incluyendo su boca llena de dientes), de ver por enésima vez —engullendo palomitas— alguna de las cintas de Jurassic Park, y de leer fascinantes papers acerca de las minucias que ayudan a distinguir entre reptiles muy parecidos, no me queda más que confesarme un dinófilo irredento.

Mucho maíz, poco oxígeno

Todo acto tiene consecuencias, y muchas veces no podemos pronosticar cuáles serán éstas a partir de las premisas. Pero a veces sí. Veremos ahora el torvo caso del maíz asesino.

A favor del inculpado habría que decir que lo suyo fue un acto involuntario, pero los resultados son igual de terribles. Va el cuento.

Cada año se forma en el Golfo de México la llamada “zona muerta”, una amplia extensión de mar repleta de algas pero con tan bajas concentraciones de oxígeno que en ella no pueden vivir los peces ni muchas otras especies marinas.

Genes y gulas

Como la carne es débil y el placer de engullir es canijo, a los sobrados de kilos nos encanta echarle la culpa del sobrepeso a factores ajenos a nuestra gula: son los aditivos de la comida, el azúcar refinada o, ahora, los malditos genes.

No es excusa, ¿eh? Todos hemos visto a un amigo o prima o cuñado que come como pelón de hospicio pero se mantiene tan delgado como caña, mientras que uno sube de peso nada más de pensar en comer. Seguramente existen factores más allá de la gula que explican la propensión de unos a engordar y de otros a mantenerse en forma.

Un mensaje del Voyager 2

Hace la friolera de 31 años, este escribidor tenía 20 primaveras (sí, tengo toda esa pila de años) y además de calentar el pupitre en la facultad, donde tenía el sueño de aprender electrónica, engullía con avidez los libros de divulgación (¡y de ciencia ficción!) de Isaac Asimov. De aquel entonces data el primer artículo que escribí, que si mal no recuerdo trataba sobre la antimateria.

El eclipse de Ulises

Auténticos gandallas, los pretendientes de la virtuosa Penélope engullían a boca llena el patrimonio de Odiseo (Ulises) cuando Palas Atenea los enloqueció, de modo que empezaron a reír sin control. Teoclímeno se puso de pie y vaticinó su fin, concluyendo con estas palabras: “El sol desapareció del cielo y una horrible obscuridad se extiende por doquier”.

Alquimistas del siglo XXI

Una idea tradicional dice que herencia es destino. En otras palabras, una predisposición genética pasada de un padre a su hijo condena a este último a pagar la factura siendo más susceptible a una enfermedad. Después de todo, los genes mandan, ¿o no?

En condiciones normales, parece que la idea es correcta: los genes determinan mucho de cómo nos irá en la vida.

Pero un equipo de Harvard acaba de demostrar nuevamente el poder de la ciencia.